jueves, 20 de noviembre de 2025

El día que Franco murió

 

EL AMOR DEL CAPITÁN BRANDO

 

Si 1974 quedó como el año de las novatadas, 1975 sería el año del cambio: un año de vértigo. La historia lo recordará siempre como el año en que murió el General Franco y todo lo que esto supuso para España y los españoles. Pero, en el cine, en el Luis Rivera, independientemente de los acontecimientos nacionales, este año marco el inicio de la Edad de Oro de la empresa Ber-Mag. Fueron tantos los cambios que se acometieron que recordados hoy aún me siguen sorprendiendo.

Se remozó el local. Se bajó el techo; se colgó un falso techo de porexpán y se empapelaron, a la moda de la época, todas las paredes. Se tapizaron las butacas, nueva iluminación… nada se olvidó, el local quedó totalmente renovado. El 18 de Julio (Fiesta Nacional entonces) el local presentaba su nueva imagen y el público, como no podía ser menos, lo recibió entusiasmado.  Para la ocasión se anunció la nueva película del gran cómico mexicano Mario Moreno «Cantinflas», «Conserje para todo» de Miguel M. Delgado (1973)

Por primera vez en la programación de la feria se introduce una variante “no consentida”: la sesión a las 12 de la noche. La idea surgió en la feria de Badajoz. Mi abuelo Feliciano, gran aficionado a los toros, todos los años invitaba a sus hijos (mi padre y mi tío Chano) a ver una corrida de la feria de San Juan, este año también me incluyó. Se daba la circunstancia que el Circo Ruso actuaba en Badajoz y, entre las diferentes sesiones del día, había una a las 12 de la noche. Fue a la sesión que asistimos y aquello estaba de bote en bote. Le sugerí a mi padre la posibilidad de hacer nosotros lo mismo, en el cine, en feria: poner sesiones a las 12 de la noche… mi padre no quiso. La idea le pareció descabellada. El cine no es lo mismo que el circo. El circo, pensaba él, es muchísimo más atractivo para la feria y, además, en feria la gente por la noche se va a los bailes, jamás se metería en plena feria en un cine para ver películas. En feria la gente quiere divertirse. Para ir al cine ya tienen todo el año. Yo, indudablemente, no pensaba lo mismo. Para mí el cine era lo mejor del mundo; por ello, cuando llegó la feria, anuncié sin más las sesiones de las 12 de la noche para los días 24, 25 y 26. No se lo dije, no me hubiese dejado. La sesión de las 12 de la noche resultó a la postre la mejor de todas. El público la recibió con enorme alegría y nos felicitó por la iniciativa. Para muchos, dejar los pequeños ya en la cama y poder ir tranquilamente al cine, fue la solución que necesitaban.

El éxito de la sesión de las 12 de la noche convenció a muchos y, razonando ligeramente, llegué a la conclusión que si se podían dar más sesiones, también se podían poner más películas. Por lo tanto, rota la manía de programar tres estrenos importantes en la feria y en tres sesiones, a partir del año siguiente la cosa fue en aumento y pasamos de proyectar entre los días 21 y 30 de agosto (incluyendo infantiles) de 8 a 15 títulos y el número de sesiones de 26 a 55 en el mismo periodo comparativo (1975 y 1987).

Otra de las cosas que cambiaron este año fue el diseño publicitario. El popular «programa de mano» con la imagen de la película en color que editaban las distribuidoras y acompañaban sus estrenos en los cines desde la década de los 40, fue paulatinamente desapareciendo, dejaron de hacerlo. En el Luis Rivera ese año apareció por primera vez un libreto publicitario que, como recordaran, presentaba una imagen de la fachada del edificio en la portada. El primer programa se editó para el estreno de la inmortal obra de Roman Polanski realizada en 1974 «Chinatown», el domingo 12 de octubre y, desde entonces, acompañó todos los estrenos importantes que llegaban a nuestra cartelera y, claro está, la programación de la feria.

También en 1975 estrenamos el cartel más impactante: el mural. No eran como los de Madrid pero el efecto venía siendo el mismo: espectacular.  Coincidiendo dos días festivos, el domingo 7 y el lunes 8 de diciembre, Festividad de la Inmaculada Concepción, Patrona de España, se programaron dos estrenos muy divertidos: la última película de Alfredo Landa «Cuando el cuerno suena…» de Luis María Delgado (1974) y la americana «¡Que diablos pasa aquí!» de Peter Yates (1974). Con afiches y rollos de papel de empapelar, diseñé un mural enorme que fijamos en uno de los muros laterales del edificio. Fue el primero y, ciertamente, no el único.

En el panorama cinematográfico nacional también se realizaron cambios importantes, muy importantes: El NO-DO deja de ser obligatorio.


El NO-DO, (Noticiarios y Documentales), se creó por acuerdo de la Vicesecretaría de Educación Popular del 29 de septiembre 1942 y por resolución, de la misma, del 17 de diciembre del mismo año, (B.O.E. 22-12-42), como un servicio de difusión de noticiarios y reportajes, filmados en España y en el extranjero. Se le atribuyó la exclusiva de la producción de noticiarios, y se decretó la obligatoriedad de su exhibición en todos los cines; su proyección comenzó el primer lunes de 1943, y así se mantuvo durante los treinta y dos años siguientes, en todo el Territorio Nacional, Posesiones y Colonias; en septiembre de 1975, por O.M, la proyección del NO-DO deja de ser obligatoria.


No obstante, continuó la imposición de pasar antes de la película cualquier otro documental y, como lo más barato era el NO-DO, así convertido desde entonces en Revista Cinematográfica Española (edición única y en color), continuamos hasta 1981 que, definitivamente desapareció y sus archivos pasaron a manos de la Filmoteca Española. Las cámaras del NO-DO también estuvieron en Valencia de Alcántara, al menos en dos ocasiones: en 1957 con motivo de la entrega del Primer Premio de Periodista Infantil, en el concurso nacional de «El Día de la Información», al niño Nicolás Batalla y, en 1968, con motivo de la celebración de «El Día de la Provincia» por haber obtenido Valencia de Alcántara el Primer Premio en el concurso «Embellecimiento de los pueblos de la Región» que, dentro de la campaña «Mantenga limpia España», inició el gobierno tres años antes. El NO-DO producía varias ediciones de noticias (A-B-C); el Luis Rivera ofrecía la Edición B, la Edición A le correspondía al Real Cinema.

Que el NO-DO fue vehículo de propaganda del régimen franquista nadie lo duda; no olvidemos que los motivos que llevaron a crearlo fueron los de educar, formar e informar, cinematográficamente y en exclusiva. El régimen se sirvió del NO-DO, durante años, para presentar una visión peculiar de España y del resto del mundo, con escasas posibilidades de contraste por parte de los espectadores; la prensa y la radio estaban censuradas y controladas.  Pero, también es cierto que durante muchos años el NO-DO fue el único medio de poder ver las imágenes de sucesos y acontecimientos importantes. Después, con la llegada de la televisión, perdió su hegemonía y, en 1975, cuando ya nos disponíamos a cambiar la tele vieja en b/n por la de color, no tenía ningún sentido seguir presenciando en los cines noticias que ya habíamos visto detalladamente en televisión cuatro o cinco meses antes.

«Tiburón» de Steven Spielberg (1975), se convirtió en la primera cinta en exhibirse de manera simultánea a lo largo de Estados Unidos, destacándose por su campaña publicitaria, tema que aún resultaba inédito en la industria. El estreno en España, seis meses después, en las navidades, también fue inédito: utilizó por primera vez la televisión como medio publicitario. Y, en el Luis Rivera, sería la primera película importante que llegaba a nuestra pantalla en el menor espacio de tiempo desde su estreno en Madrid: un año; el 26 de diciembre de 1976 con 1.192 espectadores. Y, ya puestos, la más cara: 10.000pesetas (60,10€); hasta la fecha ninguna película había pasado de las 7.000pesetas (42,07€).

En general el precio medio de alquiler por entonces oscilaba entre las 750ptas. (6,01€) y las 2.500ptas. (12,02€). Después, los títulos considerados más comerciales o cabecera de lote, 5.000ptas. (30,05€). En 1975 el precio de la entrada estaba fijada en 30ptas (0,18€)

Los periodos de espera, tanto con el NO-DO como con las películas, estaban motivados por la escasez de copias y las copias dependían del coste de los negativos. Por ello, la película se estrenaba con un número determinado de copias que, tras ser comercializada en las salas de estreno, iban pasando de cine en cine siguiendo una escala de categorías basada en los habitantes de la población. 

Pero quizás, lo más significativo de 1975 fue la censura, más permisiva que la de épocas anteriores y un verdadero lío de padre y muy señor mío; el bochornoso espectáculo que estábamos dando los españoles, desde el estreno internacional de «El último tango en París» de Bernardo Bertolucci (1972), viajando algunos a desfogarse a los países vecinos en busca de picardías, no era para menos. Aquí, en Valencia, también se contagiaron del acontecimiento y, en el momento que “el tango” llegó a la vecina Portalegre (Portugal), comenzó el desfile y, por hacerlo a la moda, se terminó por contratar un autobús. En teatro, la actriz María José Goyanes, también tuvo lo suyo: al representar la obra «Equus» de Peter Shaffer, con desnudo integral por parte de los dos actores principales, pasó el visto bueno de cinco censores que la consideraron adecuada; al día siguiente, los cinco fueron despedidos y se obligó a los protagonistas a llevar ropa interior, permitiendo únicamente a Goyanes mostrar el pecho. La música otro tanto de lo mismo: aprovechando la “apertura” el hit parade nacional se abarrotó de temas y canciones insólitas: temas de contenido erótico llegados desde Italia (Il Guardiano Del Faro, I Santo California); baladas de alcoba (Manolo Otero); rumbas insinuantes (El Payo Juan Manuel y su «Lairo lairo») que después, otros más avispados, aprovecharon para hacer versiones humorísticas de las canciones “escándalo” (Andrés Pajares, Hermanos Calatrava) y, al tratarse de versiones “cómicas”, podían más fácilmente enmarañar  a los censores que, como en el caso del tema de Manolo Otero «Todo el tiempo del mundo», permitió a Pajares jadear un esfuerzo que, en el contexto de la canción, se identificaba claramente como un acto sexual y resultaba ser el pedaleo de una bicicleta. Tratándose de humor, la censura se comportaba con más tolerancia. En la música Pop, recuerdo el escándalo que se armó ese mismo año con el tema «Lucia» del grupo Doctor Pop (enamorado de una prostituta) que, se comentó, si lo habían retirado de las tiendas para volverlo a editar. En fin, los censores, más liados que la pata de un romano, no sabían muy bien lo que tenían o debían permitir; no se puede estar en un constante “sí pero no”.

El cine, claro, no se iba a quedar al margen. Desde aquel primer pecho que se dejó entrever en una película española «La Celestina», de César F. Ardavín, (1969), no se había vuelto a intentar nada parecido. Jaime de Armiñan descorrió la cortina y realizó un primer intento en la película «El amor del Capitán Brando» (1974); presentándonos, para el disfrute general y durante 1 segundo, los pechos de una guapísima Ana Belén.


Sinopsis:
Una joven maestra, Aurora, llega a un pueblo castellano con una serie de métodos modernos, que chocan con el conservadurismo local. Sólo se ponen de parte de Aurora un alumno, platónicamente enamorado de ella, y un hombre de edad, antiguo exiliado que ha vuelto al país. Entre el niño y el viejo se entabla entonces una peculiar rivalidad sentimental. El conflicto que mantiene la maestra con las fuerzas vivas del lugar, con su alcalde a la cabeza, estallará definitivamente cuando, durante una excursión, la maestra se vea obligada a compartir habitación con su alumno por una noche.
 


La película obtuvo un gran éxito en su momento y, en el Luis Rivera, se estrenó el domingo 14 de abril de 1975. Resultó todo un acontecimiento; las milimetradas escenas de desnudos, que no sumaban en todo el metraje más de 5 ó 6 segundos, sobreexcitó al respetable que acudió en masa a ver la película. «El Amor del Capitán Brando» fue una de las películas más vista en 1975 (excluyendo la programación extraordinaria de feria), con 709 espectadores; sólo superada por «Tormento» (1.003 espectadores) de Pedro Olea (1974), adaptación cinematográfica de la novela de Galdós. Mentiría si dijese que la escenita de aquel primer “destape” de los pechos de Ana Belén ante el espejo del baño, no la vimos nosotros; ¡todo el personal la disfrutó y en todas las sesiones!; hasta Domingo que, estando “retenido” en la taquilla, aprovechaba sutilmente cada sesión para cerrar la taquilla e ir “al servicio”, pasando por las ventanitas de las puertas abatibles del patio de butacas, justo cuando Ana Belén meditaba ante el espejo. Pero, lo anecdótico, estuvo protagonizado por un espectador (omito el nombre, que es un buen amigo, nos hemos reído mucho con ello y no quiero avergonzarlo ahora, después de tanto tiempo) que asistió a todas las sesiones con el pretexto de: ¡Qué película más bien hecha!

Cuando mi padre se enteró que Franco había muerto, lo primero que hizo fue llamarme para que suspendiera la película anunciada para ese día y retirara todos los demás carteles que divulgaban la programación para los próximos. -¡Que no quedara ningún cartel en la calle!- eran sus ordenes. El cine se suspendía indefinidamente. Además, cerró a cal y canto la Cafetería Maber; después del incidente de Carrero Blanco, al tener que venir los guardias a desalojar el cine, no estaba dispuesto a que le volvieran otra vez a llamarle la atención ¡faltaría más! Si con Carrero Blanco estuvimos varios días de luto, ahora, supongo que pensaría él, la cosa al ser más gorda iría a más.

El 20 de noviembre era jueves y el programa anunciado correspondía a la repetición de la película «El Sobre verde» de Rafael Gil (1971) que ya se había exhibido el día anterior. Además, no era un estreno, era una reposición; la película se había puesto en el Luis Rivera unos años antes, el 18 de noviembre de 1973 y con gran éxito. Tony Leblanc borda el personaje, hace un papel doble padre-hijo, muy divertido. Fue una reposición esperada; tanto por el público, que no la habían olvidado y muchos volvieron a verla, como por nosotros. Contiene gran cantidad de chistes y un sin fin de escenas y situaciones muy divertidas.

Juan Ramón Bollero, barman de la Cafetería Maber, escuchaba atentamente los comentarios y las bromas que cada uno de nosotros recordábamos alegremente de la película que habíamos vuelto a ver ayer de Tony Leblanc; sentado en un taburete, con las piernas cruzadas y dando cumplida cuenta, con grandes caladas, a un cigarrillo «Piper» mentolado y un café con leche que él mismo se había preparado, a su gusto, en vaso de caña.

En el grupo estaba también un nuevo personaje, Javier Rosado Compadre, que desde hacía varios meses había entrado a formar parte de la plantilla del Luis Rivera. Javier o «Barri» como nosotros le llamábamos (era hijo adoptivo de «Barrichi», el que fuera en tiempos portero del Cine Liceo y después del Real Cinema), tenía un don especial para escenificar las escenas de la película; además que disfrutaba contándolas y nos hacía disfrutar a nosotros por tener la risa floja y el relato que nos contaba lo teníamos que oír entre risas y carcajadas.


«El sobre verde» está basada en la revista musical homónima de la que son autores Enrique Paradas y Joaquín Jiménez y la música del maestro Jacinto Guerrero; estrenada en los “felices” años 20, con elementos tan tradicionales como el chotis y otros bailables de moda como el tango o el charleston. La película de Rafael Gil, en la que no falta tampoco la música y las canciones, comienza durante una función en el Teatro Apolo de Madrid (la revista se estrenó en el Teatro Apolo de Madrid el 14 de marzo de 1927), cuando una de las actrices del espectáculo, que interpreta a la Diosa Fortuna, da a luz en mitad del escenario. Desde ese momento, todos creen que el niño (Tony Leblanc) tendrá mucha suerte en la vida. Sin embargo, al pasar el tiempo sólo ha conseguido llegar a tramoyista y su vida no parece ir por buen camino. 


Una de las escenas más divertidas es cuando Tony Leblanc tiene que sustituir en el escenario a su primo Lucas, el fakir «Kas-Lu», gafe perdido (que interpreta el genial Goyo Lebrero), por tener que ausentarse a Logroño para cobrar un premio que les ha correspondido a los dos en la lotería. Tony conoce todos sus trucos de magia pero, sus nervios ante la presencia de la primera vedette (Esperanza Roy), no le dejan realizar correctamente los números de “Magia Oriental” y, cuando todos esperan ver ilusionismo, lo que presencian es un disparatado espectáculo de humor ya que, al pobre Tony,  todo le sale mal.


-¡Agua de la India- Tony levanta una jarra para que salga mucha agua, supuestamente más de la que cabría en el recipiente, pero no sale nada

-¡Hay sequía!

Vuelve a levantar la jarra, pensando que no hay agua y cuando la tiene justo encima de su cabeza, el agua cae a cantaros y le pone perdido.

-¡Agua de la MADRE de la India!

Busca en los bolsillos del traje oriental un pañuelo para secarse y, tras encontrarlo, tira del mismo y no paran de salir pañuelos uno tras otro.

-¡Pañuelo de la India!, ¡Muchos pañuelos de la India!, ¡Casi todos los pañuelos de la India!, ¡Toda la India, todos los pañuelos!

Al final de los pañuelos sale una inesperada paloma y Tony, con gran júbilo, la muestra al público diciendo:

-¡Paloma de la India… ¡voilá, voilá!

 

Todo esto, recordando la película, contado con tanto desparpajo por Barri, nos partía de risas. Juan Ramón se moría de envidia por ser el único allí que no la había visto y, con lo de la suspensión indefinida, la película habría que devolverla y no volvería a ponerse.

-¡Por qué no me la pones! Andaaa –exclamo Juan Ramón dando una profunda calada al enésimo “Piper” mentolado que se había encendido.

-¡La películaaaa….! –conteste yo sorprendido.

-¡Sí, vamos a verla ahora! Total está todo cerrado y no hay nada que hacer.

Hay que conocer a Juan Ramón. A pesado no hay quién le gane. De todas formas, la idea me pareció buenísima y, después de tanta risa lo qué más apetecía era verla de nuevo. Así que, más contentos que unas pascuas, nos fuimos al cine para ver la película en “sesión privada”, sólo para nosotros.

Recuerdo que nos sentamos sobre la mitad del patio de butacas y estábamos tan estimulados que nada más empezar y con los títulos de crédito nos estábamos riendo. Y, Juan Ramón, con el tema de “El Gordo de Navidad” se partía de risa.


¡Soy el gordo!

¡Soy el grande!

Soy el que todos prefieren.

Y los hombres, me persiguen y me gustan las mujeres.

Cuando llega Nochebuena corre tras de mí la gente

Pero yo puedo escurrirme de sus manos fácilmente

Y muy afanosos corren tras de mi

Cuando me persiguen me dicen así:

¡Ahí va! ¡Ahí va!  El gordo de navidad

¿Quién lo cojera? ¿Quién lo pescará?

El que lo atrape feliz será, más sabe Dios dónde caerá.

 

Cuando llegó la escena del número de magia, la del “agua de la India”, que tanto habíamos comentado, no había forma de contener las carcajadas. Estábamos disfrutando de lo lindo.


-Respetable público: esta no es una gallina corriente, no; es la celebre gallina de los huevos de oro.

Tony mete la gallina en una caja para hacerla desaparecer, pero la gallina no desaparece.

-Ustedes se figuraban que la gallina había desaparecido… pues no, la gallina sigue aquí. Nunca sale a la primera pero sale a la segunda.

Tony, después de realizar las preceptivas palabras mágicas, vuelve a destapar la tapa de la caja y reaparece la gallina.

-¡Se ha cabreao la gallina! ¡Ay! –se daña al cerrar la tapa y termina golpeando la caja desesperadamente.

 

Juan Ramón y yo nos partíamos de risa hundidos en la butaca. Fue en ese instante cuando llegó Barri, que era el que estaba en la máquina, se acercó también riéndose y me dijo:

-Ahí fuera hay dos guardias municipales que preguntan por ti.

-¡JAJAJAJAJAAAAA!

 

Por la mañana, cuando cerrábamos todo, bromeamos sobre el susto que nos dieron los municipales cuando vinieron a desalojar, a cerrar el cine, el día que asesinaron al presidente Carrero y Mané se fue sin el dinero de la entrada; por eso, cuando llegó Barri y dijo lo que dijo, nos pareció muy oportuno y, con la juerga que ya teníamos y la predisposición a reírnos, nos brotaron las carcajadas; sobre todo a Barri que, al tener la risa floja, hasta botó en el suelo.

En la pantalla, Tony Leblanc, seguía a lo suyo con la gallina:


Después de realizar a duras penas el número de ilusionismo, hacer desaparecer la gallina y en su lugar aparecer una fortuna, la gallina terminó deambulando asustada por el escenario.

 -Ven pita, pita. Ven, pita….

Tony trata inútilmente de atraparla yendo tras ella.

-Pita, ven, pita, pita.

Tony tropieza con la jarra del “agua de la India” y queda encharcado, mira a la gallina y le dice:

-¡Ven, hija de PITA!


-¡JAJAJAJAJAAAAA!

Juan Ramón no podía más, y yo le acompañaba… pero Barri no se inmutó; por el rabillo del ojo observé que no se había ido y permanecía allí como si esperara algo.


-Para el siguiente experimento voy a solicitar la colaboración de un amable espectador. Quiero demostrar que no es cierta la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos, gracias a las propiedades de este cofre mágico. Haga el favor de colocarme estas esposas, comprobando que estén bien cerradas. Yo me meteré en el cofre, usted lo cerrará y luego tendrá la bondad de colocar ese biombo delante del cofre. Sólo necesitaré ¡tres segundos! para evadirme del cofre. ¡alehop!

-¡Uno, dos, tres!

-¡Cuente otros tres!

 

-¡Jajajajajaaaaa!

Esta vez sólo se rio Juan Ramón. El hecho de que Barri estuviera allí, tan quietecito, me empezó a poner nervioso. Después, con el siguiente gags y sin inmutarse, me puso aún más.

No podía imaginarme que lo que me había dicho sobre los municipales fuese verdad. Me hundí más en la butaca, como queriendo desaparecer y sin atreverme a mirar hacía la puerta.

Ya no veía la película, ni la oía ni la sentía. Sólo notaba los golpetazos que arreaba el cuerpo de Juan Ramón retorciéndose de risa en su butaca.

Pero… ¿Será verdad lo de los municipales? –pensaba hundido en la butaca, escondido a más no poder.

Me parecía increíble que los municipales me hubiesen descubierto.

Me parecía increíble que estuvieran allí, tras de mí.

¿Pero que querrían? Si ya habíamos quitado las carteleras, y no solo las de hoy, se han quitado todas… aquí ya no hay cine.

¿No hay cine…? ¡Ay Dios mío! ¡Pero si nos estamos partiendo de risa con una película y el Caudillo de cuerpo presente!

-¡JAJAJAJAJAAAAA! –Juan Ramón no paraba; absorto en la pantalla, descompuesto por las risas.  

No pude más, el corazón quería salirse de mi pecho y el estómago, junto al resto del aparato digestivo, terminaron de un plumazo todas sus funciones y crearon en mi cuerpo tal descomposición que, de no haber hecho nada de inmediato, hubiese tenido consecuencias verdaderamente desagradables. Pegué un brinco y miré hacia la puerta: ¡Increíble! Allí estaba la pareja de guardias municipales… y con la gorra puesta. ¡huy-huy-huy-huy-huy!

Me levanté de la butaca y andando lentamente con los brazos colgando de mis hombros, hecho un verdadero poema, me fui acercando a ellos.

Los municipales no me esperaron, salieron tras la puerta; ni tan siquiera estaban curioseando la película que hacía reír a Juan Ramón a mandíbula batiente -¡JAJAJAJAJAAAAA! Los municipales, indudablemente, no estaban para juergas. -Ay (suspiré).

Salí. Los municipales me esperaban, serios, tras las puertas abatibles del patio de butacas, en el pasillo.

No dije nada.

-¡Acompáñanos! Exclamó uno de ellos y, sin más palabras, marchamos hacia la puerta de la calle.

-¡Jajajajajaaaaa! – A lo lejos, Juan Ramón a lo suyo.

–¡Ay!-  Detenido, me llevan detenido -pensé yo muy angustiado.

En la calle me coloqué, supongo que por haberlo visto tantas y tantas veces en las películas, entre los dos guardias; como un verdadero detenido.

Barri, al salir y ver que me iba, me preguntó sobre la película; si la seguía poniendo o esperaba por mí. No dije nada, volví la vista al frente y cabizbajo continué andando. No quería saber nada de películas ni de las pitas gallinas.

Mi mente no dejaba de lamentarse por lo que habíamos hecho: ¡mira que poner la película!, con el Caudillo muerto.

Seguía malamente y sin mediar palabra los pasos de los municipales y, cada dos por tres, me veía obligado a dar un saltito para llevar su ritmo.

Pensé, claro, en preguntarles… que ¿a dónde íbamos?; pero no me pareció oportuno porque la cosa era evidente. Además, es mejor no empeorar la situación preguntando sandeces.

Pensaba en mi padre…con lo determinante que fue nada más conocer la muerte de Franco: ¡Nada de cine! ¡LUTO TOTAL!

 

Llegamos al Ayuntamiento, entramos por la puerta principal, subimos las escalinatas y continuamos unos metros por un pasillo muy estrecho dónde todo el mundo nos abría paso sin decir nada.

¡Pum-pun!

-¿Da usted su permiso?

La puerta a la que el guardia llamó se abrió bruscamente y, una vez que el guardia entró, la puerta se cerró con la misma brusquedad que se había abierto. El otro guardia se quedó fuera vigilándome.

Tenía la boca tan seca que sentía que el paladar se me iba a rajar.

Segundos después, la puerta volvió a abrirse y salió el guardia que la cerró suavemente. Se volvió hacia mí y me dijo:

-Espera que ahora te llamarán.

Dicho esto, los dos guardias municipales continuaron por el pasillo hasta que desaparecieron.

Lo primero que pensé fue en fugarme…, pero sólo fue un segundo. Era una tontería, a dónde iba a ir; seguro que me encontrarían y no haría más que seguir empeorando la cosa. Me senté a esperar.

Allí sentado, muy nervioso, observaba el ir y venir de funcionarios que entraban y salían de puerta en puerta, de un lado a otro y sólo se paraban cuando llegaba alguien y se veían obligados a ceder el paso por la estrechez del pasillo. Casi todos los que venían entraban directamente y sin llamar en aquella misteriosa habitación; yo no podía entrar, a mí me llamarían.

Otras personas llegaban, también nerviosas, y cuando se disponían a llamar a la puerta aparecía de inmediato un funcionario que se lo impedía, diciéndoles: ¡Ocupado!, ¡ocupado!, está ocupado.

Trataba de averiguar el porqué unos entraban sin más y otros no. Por qué sabían los funcionarios los que podían entrar y los que no. Evidentemente lo mío era una excepción, yo era totalmente diferente: ni entraba ni salía.

Al final, después de un buen rato esperando, deduje que los funcionarios clasificaban a las personas que podían entrar o no, por un simple gesto: el que se disponía a llamar a la puerta no lo dejaban y, los que no llamaban, entraban sin más.

Con los nervios más calmados, sólo sobresaltado cada vez que entraba alguien y daba un portazo, hasta yo mismo terminé haciendo de portero. Cada vez que alguien trataba de entrar llamando a la puerta, le decía: ¡Ocupado!, ¡ocupado!, está ocupado.  Y, sin más, se marchaba.

 

-¡Pasa! –se abrió la puerta y un señor, que sería de los que ya estaban dentro antes de llegar yo porque no lo había visto entrar, me abrió paso.

-¡Ay! Madre mía –me volvieron los nervios, las angustias, las preocupaciones… Entré decidido, con el ritmo que la invitación del señor me había marcado.

Era el despacho del alcalde, don Francisco Galavís Gordillo, y allí se encontraban un buen número de personas, supongo que concejales, autoridades y don Manuel Parra, (el censor del cine).  No dije nada, seguía con mi prudencia. Todos me miraron y en absoluto silencio, el alcalde se dirigió a mí y me dijo:

-Prepara inmediatamente los altavoces para instalarlos en el coche de los municipales y trae aquí enseguida un magnetófono con el micrófono para grabar el bando…-

Increíble: ¡Me habían llamado porque me necesitaban! Bueno, pasé en segundos de estar completamente abatido a sentirme importante. Yo diría que ese día pegué hasta un estironcillo, crecí un poco más. Me hubiese apetecido saltar de contento pero, dadas las circunstancias, procuré contenerme y plácidamente escuche con suma atención las instrucciones que aún faltaban.

 

Corrí al cine en busca de mi pequeño magnetófono a cassett y su pequeño micrófono negro con rejilla plateada. Al pasar por la tienda de electrodomésticos allí estaba mi padre, que no se había enterado de mi “detención” ni de nada, le dije lo que me habían mandado y me facilitó un nuevo magnetófono, por si el mío que estaba ya bastante cascado fallase. Cargado con dos equipos de grabación, varias cintas de cassettes, cables, micrófonos y más contento que un perro con dos colas, partí hacia el ayuntamiento.

Bastante extenuado, con la lengua por fuera, llegué al despacho del alcalde. La puerta estaba cerrada y me quedé en blanco; cargado con todo el equipo no sabía muy bien qué hacer: dudaba entre si yo era de los que llamaban o de los que entraban sin más. De inmediato un funcionario se percato de mi presencia y me vio allí, cargado como un burro, inmóvil y con mis narices pegadas a la puerta, se acercó y llamó cuidadosamente.

¡Pum-pun!

-¿Da usted su permiso?.... El chico de…

-¡Qué pase, qué pase!

Una vez dentro me pongo a descargar todos los trastos y cuando les hice la observación de grabar simultáneamente con dos equipos, para asegurarme que nada fallase y no tener que andar repitiendo la grabación (era frecuente en los cassettes de entonces, ante cualquier cambio de tensión o motivo inesperado, se “enrollara la cinta” y desbaratara lo que se estaba haciendo), don Manuel exclamó con asombrosa seguridad:

-¡No es necesario!

 

A don Manuel lo conocía entonces por haber sido en el Instituto mi profesor de Política y Educación Física; me llamaba mucho la atención (cuando se fumaba en las clases) su cuidadoso estilo de abrir y mantener intacto el paquete de tabaco; fumaba cigarrillos de la marca «Habanos», que se dispensaban en una cajetilla acartonada y la abría tan delicadamente que el celofán se mantenía intacto y en general el paquete perfecto hasta el último cigarrillo. Don Manuel fue primero Oficial Instructor del Frente de Juventudes y después Delegado de la Juventud, perteneciente a la OJE (Organización Juvenil Española), dónde desempeñó acertadamente su cometido y en la memoria de todos están las muchas actividades que puso en marcha para los jóvenes y, de igual forma, la Cabalgata de Reyes. Para la Cabalgata (años después del 75) me solía llamar para la megafonía; para disponer él de un micrófono con el cual pudiese recibir y saludar a Sus Majestades cuando llegaran a la Plaza.  La primera vez que me llamó, instalé el equipo con tiempo suficiente, lo probé y demás y todo quedó listo para cuando llegase el momento. Horas más tarde, la Plaza se fue llenado de gente y don Manuel, cuando le pareció oportuno, se subió al estrado dónde estaba instalado el micrófono. El equipo lo tenía apagado y creí conveniente encenderlo entonces y, como siempre se suele hacer, hay que probarlo: “¡uno dos, uno dos, probando, probando…” Pero, estando ya el estrado completamente iluminado, con don Manuel allí subido tan peripuesto y con tanta gente esperando, pues que no me atreví; tampoco creí oportuno que lo de: “¡uno dos, uno dos, probando, probando…” lo fuese a decir don Manuel, por lo tanto, desde el suelo, todo lo más que me podía acercar a él, le dije bajito:

-Don Manuel, dele unos golpecitos al micrófono, a ver si suena…

Don Manuel me miró seriamente (aunque él siempre solía estar serio), tragó con fuerza, con su peculiar forma de tragar saliva y volvió la vista al frente sin hacer ni decir nada. De haber dicho algo, cosa que no hizo al dar por hecho que el micrófono estaría abierto, sería lo de: ¡No es necesario!. Supongo que, a don Manuel, el lema de la OJE: «Vale quien sirve» lo tenía siempre muy presente. Lo cierto es que, cada año, en los minutos previos a la locución de don Manuel para recibir a Sus Majestades (nunca más le dije lo de probar nada) me subía la adrenalina que daba gusto: él allí quieto, sin decir nada, sólo abría la boca para dirigirse a los reyes y cuando lo hacía quería que funcionara y funcionara bien. Nunca le fallé, así que no puedo contar lo que hubiese hecho o dicho en caso contrario. Siempre confió en mí para todas estas cosas, no quería a nadie más. En los años siguientes a la muerte de Franco, con los nuevos gobiernos, siguió vinculado al Ministerio de Cultura y desarrolló su labor en Valencia de Alcántara como siempre, fomentando y realizando infinidad de actividades para la juventud en el Teatro-Cine Luis Rivera. Los dos sentíamos admiración y respeto por cuanto hacíamos y nuestra amistad jamás se desvaneció. Su impresionante estilo de locución, con toda la pompa que el evento requería,  hacía apasionante el momento mágico de la llegada de Sus Majestades a la Plaza. Los niños, entusiasmados, recibían a los Reyes locos de contentos.

Por ello, por esa innata forma de locución, la grabación que realizó don Manuel aquella mañana, aquel 20 de noviembre de 1975, resultó tan emotiva que muchas personas, al paso del vehículo municipal con la megafonía, terminaban soltando lágrimas. El discurso, además de informar sobre los actos religiosos que las autoridades habían programado, ensalzaba la figura desaparecida e iba, paso a paso y con toda pompa, enumerando los cuantiosos cargos y honores que se le atribuían al, hasta entonces, Jefe del Estado. Los viandantes, al paso del vehículo, asentían con la cabeza cuantas cosas sobre la figura del Caudillo decía don Manuel. Otras, con recelo y cautela, entraban en sus casas y entrecerraban las puertas. La quietud, y el silencio de los vecinos, impresionaba; acostumbrado a recorrer las calles con la algarabía publicitaria de las películas, donde cada cual responde como mejor le parece, lo de aquel día fue una experiencia intensa. 

 

miércoles, 16 de enero de 2019

La Mujer Indomable

LA MUJER INDOMABLE

El 16 de Enero de 1969 fue y será siempre para mí un día increíble. Han pasado más de cuarenta años y ningún 16 de enero ha quedado inadvertido. Guardo un hondo y entrañable recuerdo y siempre vuelve a mi memoria como: el día que se inauguró el cine. 

Hay experiencias que son señeras e irrepetibles, que te marcan para toda la vida. Ese día fui un espectador de excepción, único; que vivió los acontecimientos, los de dentro y los de fuera, con una agitación desmesurada por cuanto estaba sucediendo y con la ingenuidad de un niño tremendamente emocionado por vivir y experimentar el sueño de hacer realidad aquello del cine. Ese cine que esperaba fuese maravilloso, que acarrearía miles de aventuras e historias fantásticas y divertidas. El cine del que todo el mundo llevaba hablando mucho y con enorme ilusión durante los últimos meses; aunque a mí, claro, me parecía que llevaba esperando toda mi vida; si bien el periodo transcurrido entre la firma del contrato y la terminación de las obras fue en un tiempo récord: siete meses. Aquel tiempo me pareció larguísimo.

Mi preocupación cuando pasé por el cine aquella mañana de la reapertura, antes de ir al colegio, estaba puesta en un enorme cable con grandes lámparas que cruzaba el patio de butacas de lado a lado y que dificultaban enormemente la proyección de la película.
-¡Horror, no lo han quitado! – Dije para mí con enorme asombro.

La tarde del domingo, el 12 de enero, sólo unos días antes, se había probado el proyector y el equipo en general con una película «La Fierecilla Domada» (1956) de Antonio Román con Carmen Sevilla y Alberto Closas de protagonistas; una película muy divertida que nos había prestado para la ocasión la empresa Toledano, regentes del Cine Centro de la localidad vecina de San Vicente de Alcántara; una familia muy amable que siempre estuvo dispuesta para prestar su ayuda en cualquier necesidad o imprevisto que se nos presentase; guardo un grato recuerdo del señor Pedro Toledano Pozo, de su hijo Juan Toledano Vázquez  y, también claro está, de su colaborador más fiel y gran aficionado y amigo Teodoro Gordillo Gómez.

Pues bien, el cable con unas luces que habían puesto para iluminar durante las obras los trabajos de los obreros, aún seguía allí; faltaban pocas horas para la reapertura y a nadie parecía preocuparle aquel odioso cable que, por encontrarse en el medio, el haz de luz del proyector reflejaba ineludiblemente su fea sombra en la pantalla y lo engordaba aún más, y, sobre todo, las odiosas lámparas que parecían enormes y oscuras campanas. En fin, me tuve que ir al colegio con gran desánimo por el dichoso cable sin que el hecho de que, por otro lado, otros avatares más importantes como las butacas, las cortinas, el telón y no sé cuantas cosas más que aún se encontraban pendientes de rematar me preocupasen lo más mínimo. El cable era lo peor, y seguía allí.

A mi vuelta del colegio, algo que hice apresuradamente y de una sola atacada, contemplé sin aliento y con estupefacción que nadie había quitado el cable. Los operarios, que en gran número pululaban por allí, estaban cada cual a lo suyo. Los más escandalosos eran los albañiles; que habiendo terminado con la paleta se habían puesto ahora a realizar otros menesteres y se dedicaban en ese momento a fijar con martillazos las filas de butacas; cosa que hacían directamente al suelo de cemento por medio de unas enormes escarpias gruesas de hierro de aproximadamente 12 centímetros. Es interesante, por otro lado, observar la evolución de las cosas: lo fácil que se haría hoy día con unos apropiados tacos y un taladro ¿verdad?, pues nada, entonces a golpes y martillazos. Al igual que con las tapas traseras de los respaldos y asientos; un contrachapado que fácilmente hoy se habría fijado con un taladro y unos simples tornillos, entonces con clavos y a martillazos. Era curioso ver aquel número ingente de personas dando trompazos por doquier, estresadísimos, nerviosos y que por más que les preguntaba a unos y otros por el cable sólo me decían:
-¡Pronto, pronto!- Pasando de mí.

Mi abuelo Juan (el hombre, seguía a lo suyo), se había tirado toda la obra tratando de mantener limpias una de las pocas cosas que habían sobrevivido de los enseres del viejo teatro: las columnas de hierro que rodeaban el patio de butacas y soportaban el voladizo del piso superior. Aunque aquella mañana parecía que ya nadie se divertía tanto. Estaban tensos. Durante la obra, los obreros y yo, le ensuciábamos a conciencia las columnas y él no dejaba de protestar una y otra vez preguntándose cómo era posible que se ensuciaran tanto. Esto, que no deja de ser una gamberrada, nos divertía... (Le pido perdón a mi abuelo Juan. Fue una gran persona, muy seria y no se merecía lo que le hicimos pasar con nuestras bromas).

En mi casa, a la hora de comer, no había nadie. La comida me la preparó nuestra vecina Felisa. Como estaba deseando irme nuevamente al cine: di tres bocados y me fui. En el cine, los obreros y operarios no habían dejado de trabajar, no habían parado para comer, cada cual marchó a su casa cuando le pareció y volvió rápidamente al corte.

Como el personal estaba de lo más antipático y no me decían ni me hacían ningún caso, más bien parecía que en todos sitios estorbaba, me senté a observar en lo más alto, en las flamantes gradas del entresuelo.

 Las gradas, situadas a ambos lados del piso superior, unas escalinatas de cuatro peldaños con armazón de hierro y asientos de maderas, diseñadas por el arquitecto y elaboradas fielmente por “Pedro el herrero” (Pedro Rosado Vivas, el herrero local) y para un aforo de 200 personas.

Allí me pasé gran parte de la tarde. Aquel sitio era el que yo había elegido desde hacía muchos días para ver las películas cuando comenzase a funcionar el cine. Y allí, cómodamente sentado, apoyando el mentón en los brazos entrelazados sobre la baranda del entresuelo, observaba atentamente cuanto acontecía a mí alrededor. 

La primera planta ya estaba terminada. Descartadas las afamadas plateas y el resto de variopintas localidades que ofrecía el local para teatro, al ser ahora el cinematógrafo el entretenimiento dominante, la primera planta se convirtió en un enorme salón con un sólo modelo de localidad: las butacas.
 
La señora María y su hija, dos mujeres bajitas de procedencia portuguesa, habían comenzado a fregar el patio de butacas; antes habían barrido y limpiado delicadamente el polvo de los asientos. Las dos eran muy calladas, no hablaban mucho. Durante los años que estuvieron dedicándose a la limpieza de la sala siempre lo hicieron igual, con esmero y muy despacito, como si aquello pudiese romperse o arañarse; algo que contrastaba con los mamporrazos que le habían dado un rato antes los albañiles. Por eso me llamaba la atención esa delicadeza y la tranquilidad de aquellas dos mujeres pasando los útiles de limpieza de fila en fila, de butaca en butaca, sin hacer el menor ruido. Hasta el gorgoteo que producía el chorrito del agua cuando escurrían la fregona se hacía con suma delicadeza.

Los albañiles y todos los demás estaban en el entresuelo, dando más golpes: el electricista: el señor Eugenio Barca, que estaba ya retirado pero su afición y su inquietud no lo dejaban parar nunca. El fontanero: el señor Márquez, que fue hasta su cierre, el proyeccionista del cine. Y los carpinteros de “la serradora”; nombre por el que todos conocíamos a la empresa Martínez-Estéllez. Todos allí liados con las butacas de color verde; las del patio de butacas eran de color rojo.

La sinfonía era espectacular. Los martillazos que le propinaban a los clavos para fijar al suelo las butacas eran tremendos. Las del patio de butacas se pincharon al suelo de cemento y su sonido fue intenso, grave y seco; pero arriba no: arriba se fijaban sobre las tablas que formaban el piso de la plataforma y los golpetazos eran atronadores.  

La segunda planta ofrecía ahora dos modelos de localidades: las gradas y las butacas. Para albergar las butacas se había realizado una plataforma metálica con varias escalinatas recubiertas con un entarimado. 

Sierras, serruchos y martillos competían por ser escuchados; formando todo ello un concierto que, en manos de Wagner o Beethoven, hubiese servido para el final atronador de cualquier obra, en este caso la del cine.

En medio de todo este alboroto, Roque, el carpintero, que cortaba tablas enormes de aglomerado para los huecos de las escalinatas y los laterales del entarimado con su afiladísimo y enorme serrucho, me propinó un enorme susto al gritarme:

-¡Pero niño, deja de dar patadas!

Cierto era que, sin darme cuenta y motivado por los nervios que tenía, mis pequeñas piernas no se estaban quietas y golpeaban sin cesar el tablero de la baranda donde estaba apoyado haciendo con ello también ruiditos... pero ¿tanto ruido hacía yo para darme ese berrido? Creo que tuvo que ser mi cara de pasmo la que le contestó, puesto que de inmediato me volvió a gritar:

-¡No estás viendo hombre como estás poniendo de manchado el tablero, coño!

Y era cierto, el tablero que no llevaba ni veinticuatro horas barnizado por Roque ya lo había estrenado yo: el roce de la goma de los zapatos terminó por dibujar un enorme y horrible mapa.

La sinfonía sólo se detuvo una vez: cuando desde abajo, desde el patio de butacas, una voz melodiosa y conocida por todos dijo:

-Buenas tardeeess ¿hay alguien aquíiiiii?
 ¡PuMMMMMMMMMM!

Un último martillazo asentó, cual mazo sentenciador, el silencio más absoluto.

La voz melodiosa procedía de don Olegario, el cura. No sé si el silencio aquel fue por el poderío que en aquellos tiempos disfrutaba la iglesia o por la pregunta de “alguien aquí”; porque aquí era evidente que había muchos “alguien”, la cuestión era saber a que “alguien” se dirigía.

Don Olegario Martín Notario era y lo fue hasta su muerte en 1988 un personaje muy querido. Sacerdote elegante, simpático y bonachón con una particularidad muy especial que, dependiendo del momento, se hacía apreciar más o menos: Don Olegario cantaba. Era salmantino, nació en Vilvestre y durante un tiempo, en su juventud, fue cantante tenor en la Catedral de Coria. En Valencia de Alcántara tomó posesión como párroco el 5 de febrero de 1959. Desde entonces no había acto –casi todos- que se requiriera de la intervención religiosa que no estuviera él. Sus dotes interpretativas y “a cappella“ aportaban solemnidad al acto dándole mayor categoría.

Su entrada en el cine y el sonido reconocible de su armonioso timbre de voz, frenó de inmediato el repiqueteante concierto y dejó a todos en silencio. A Don Olegario, el silencio, parecía no importarle; como era la primera vez que entraba se quedó allí quieto, boquiabierto, contemplando la transformación del Teatro. Segundos después, el encargado, Juan Méndez Marrollo, dirigiéndose a él le dijo:

-Don Tomás- era la primera vez que oía el nombre de mi padre sonar de forma tan importante –no está. Ha ido a San Vicente en busca del proyeccionista para que venga hoy a dar la película. 
-¡Vaya por Dios hijo mío! ¡Claro que sí, claro que sí! El pobre Manolo con tanta ilusión...
-¿Sabe usted cómo sigue Manolo, cómo está?- preguntó el encargado.
-Mejor, mejor, hijo mío. Parece que lo peor ya ha pasado...

En ese instante recordé lo que pasó anoche, lo del señor Manolo. Con la agitación propia de la proximidad de la reapertura y como todo sucedió tan rápido, lo había olvidado por completo.

Anoche, como otras muchas antes de irme a la cama, acompañé un ratito a la “Brigada Nocturna”. Tocaba terminar, en los polvorientos sótanos del escenario, las obras del conducto que se utilizaría para la distribución del aire forzado de la calefacción. La “Brigada Nocturna” era el nombre afectuoso que le habíamos puesto, por trabajar de noche, a un grupo de albañiles muy simpáticos y divertidos. La formaban un oficial de origen portugués conocido con el apodo de “Paciencia” (pronunciado pasiensia), dos peones y mi padre -que también trabajaba durante el día-. Estando entre ladrillos, telarañas y con las manos sucias de yeso, una noticia sobresaltó a los presentes: Manolo “El rosca”; proyeccionista de la nueva empresa, había sufrido un infarto y se lo habían llevado rápidamente al hospital de Cáceres. Aquella noticia hizo salir fulminantemente a mi padre de la obra y, consiguientemente y sin más historias, a mí me mandaron a la cama. Por la mañana, cuando me desperté pleno de ilusión por los acontecimientos tan fantásticos que ese día se  celebrarían había arrinconado lo acontecido por la noche, lo del señor Manolo. Después, al volver al cine y comprobar que el cable aún seguía allí, tan tranquilamente colgado del techo, como siempre, como todos los días y, por otro lado, percibir la aparente normalidad que mantenían todos los presentes, pues nada me hizo recordar ni mucho menos sospechar la envergadura o el alcance que podría tener aquel infortunado suceso.

No se había marchado aún don Olegario; que seguía allí largando plácidamente, habla que te habla, sus vivencias y recordando cómo era antes aquel Teatro, cuando llegó el señor Domingo Loro. Algunos operarios, ávidos por terminar el trabajo y conocedores del corto tiempo que faltaba para que comenzara a entrar público, reanudaron sutilmente el golpeteo sinfónico.

El señor Domingo venía sin aliento cargando con dos butacas verdes recién tapizadas.

-¡Las últimas!- dijo él con gran satisfacción mientras las colocaba suavemente sobre el entarimado. Tras inspeccionar y comprobar lo que allí quedaba por hacer, resopló y comentó en voz baja dirigiéndose al encargado:

-Yo me voy. Creo que abriré la taquilla, ¿no ha venido aún Tomás?, hay una cola que...

La llegada del señor Domingo me animó. Con él siempre mantenía conversaciones muy divertidas. Pasamos muy buenos ratos juntos. Por ello, su venida, provocó en mí otras expectativas más gozosas y abandoné mi preciada localidad de la grada para acompañarle y, al mismo tiempo, experimentar “la taquilla desde dentro”; una de las muchas y nuevas sensaciones que a partir de ahora, con la reapertura, el cine me deparaba.

El entresuelo, para entrar y salir, disponía de sendos pasillos a ambos lados de la plataforma de butacas y que los comunicaban con el vestíbulo por medio de puertas muy altas y plegables, de 2,6 metros por 1,20 de ancho. Eran las mismas entradas que anteriormente, en el viejo Teatro, se usaban para subir a la tercera planta, al “gallinero”. La gradería y la tercera planta ya no existían, se había desmantelado. Los materiales con que estaba construida y su mobiliario, casi todo de madera, los había vencido el tiempo o el abandono. Por otro lado, lo que hasta entonces fue la gran puerta central al anfiteatro, a las localidades de la segunda planta, también desapareció, ya no se necesitaba. Tal maniobra permitió entonces que, tras su parapeto, se instalase una nueva cabina de proyección con su amplia sala de montaje, archivo y publicidad.

Domingo abandonó el entresuelo por la misma puerta que había entrado, la de la derecha –siempre mirando desde la calle-, yo lo hice por la de la izquierda, que era la que tenía más cerca y además, más próxima al lugar que nos dirigíamos.

Al salir del entresuelo nos encontramos a la izquierda la Cabina; al frente, y pasando un pequeño rellano, la escalera restaurada de amplios peldaños de piedra mármol que nos conduce al vestíbulo y, a la derecha, un local independiente del Teatro conocido como “El Tercio”.

En El Tercio, local propiedad del Casino y ahora alquilado, se encontraba el popular y entrañable bar que regentaba Pepe Rubiales y su mujer Esperanza: el «Café-Bar PEPE». Allí brindaban al público con el sano humor que les caracterizaban y por tan sólo cinco pesetas una gran oferta:

«COPA CAFÉ PURO UN DURO»

Ingenioso lema su eslogan y reclamo comercial. Aquella tarde el bar de Pepe estaba hasta los topes. Era evidente que un gran número de los anhelosos asistentes al estreno del cine, mitigaran su espera con algún que otro servicio de aquel singular establecimiento.

Pasé con mucha dificultad por los huecos, entre pantalones y faldas apretujadas, que me permitía aquella algarabía de clientes que, agolpados se reunían en el rellano y a lo largo de la escalera.

La taquilla se encontraba en un habitáculo que actualmente se utilizaba también para oficinas y se ubicaba justo debajo del bar de Pepe; un pequeño semisótano al que se accedía por el vestíbulo, bajando las escaleras de mármol del bar, a la derecha. El semisótano era una habitación húmeda de 25 metros cuadrados con suelo de cemento, paredes con revestimiento de cal y techo de bóveda de aljibe; tenía su entrada natural por el lado opuesto y se accedía desde la calle, a su nivel, a través de un pequeño patio empleado en otros tiempos para leñera. Circunstancialmente y por proximidad la entrada al lugar se hacía ahora por la otra, la falsa, la del vestíbulo. Una entrada extraña y dificultosa: había que atravesar, una vez abiertas de par en par dos pequeñas puertas, un muro de un metro de ancho descendiendo a la par por unas pequeñas y estrechas escalinatas de cemento con cantos de madera; algo así como si entráramos en un colector o pasadizo subterráneo.

Después de abrir, entrar y volver a cerrar las dos pequeñas puertas de la oficina, bajé las escalinatas y me senté expectante junto al señor Melitón. El bullicio de fuera, nuevo para mí, me tenía sobresaltado. Y al señor Melitón creo que también, también se sentía aturdido; y eso que el señor Melitón (Melitón Bohórquez Carballo), había sido de joven guardia civil. Ahora, ya retirado, cumplía con gusto en el cine el trabajo de conserje.

No hablamos nada, en silencio, sólo escuchábamos.

El ruido que engendraba aquella multitud era inquietante: palabras cortadas e ininteligibles, risas, golpes y griterío, mucho griterío.  No sé si era el ambiente o el efecto de estar hundidos allí, en aquel cerrado semisótano, pero sentía que aquello nos terminaría aplastando y, peor aún, nadie se iba a dar cuenta. Por otro lado, los que estaban en la calle tras la ventanita de madera de la taquilla y aburridos de esperar en la cola, nos sobresaltaban cada vez que alguno aporreaba el postigo...

-¿Y mi padre? ¿Dónde estará? ¿Por qué no está aquí? –Pensaba,  asustado por aquel cúmulo de sensaciones.

¡Pum-pam-PUMMM!

Aquel ruido, producido al abrirse y golpearse contra el muro las pequeñas puertas de la oficina, nos hizo saltar a los dos de nuestros asientos. ¡Por Dios, qué susto! al menos a mí; no sé si también al señor Melitón, que siempre que entraba alguien se levantaba; pero, tan deprisa como aquel día, nunca.

Las puertas como eran tan pequeñitas, 35 centímetros cada hoja y de 1,70 de altura y, además, se abrían al vacío sin rozar en ningún sitio y con un giro de tan sólo 90º, pues, con sólo empujarlas ligeramente enseguida hacían su recorrido y chocaban contra el muro que, dependiendo de la intensidad del empuje, así era su encontronazo.

Era el señor Domingo, el que nos dio el susto. Que, después de atravesar y esquivar al público que se aglomeraba en el vestíbulo, llegó finalmente a la oficina. 

-¿Qué se sabe, qué se sabe de Manolo?- preguntó el señor Melitón.

Presté interés. Presentía que lo que finalmente le había ocurrido al señor Manolo era malo y que, por consiguiente, no iba a venir hoy.
-Mal, mal. El pobre...- dijo Domingo.
-¡Qué fatalidad, hombre, qué fatalidad!- exclamó con pesar el señor Melitón.

No dije nada. Me quedé callado, pensativo. El señor Domingo estaba muy raro, preocupado. Lo noté, ¡vamos que lo noté!: Él siempre, cada vez que me veía, me saludaba diciendo alegremente: ¡Qué te cuentas, mindongo,!... pero esta vez no, creo que ni siquiera advertía mi presencia. Sin más, abrió la taquilla y se dispuso a vender las entradas.

El postigo de la taquilla estaba muy alto y para llegar a él le habían prefabricado una plataforma de madera. Una silla, una mesita, una lámpara flexo niquelada, un dispensador de monedas y una vieja esponjita con agua para humedecerse los dedos y manejar mejor las entradas eran sus aparejos. Y, para el cobro y las cuentas, una ingeniosa tabla con los precios de las localidades ya debidamente calculados.
 
Ciertamente aquel sitio gozaba de tradición y era la taquilla del Teatro de toda la vida, allí se habían vendido siempre las entradas de los espectáculos. Lo que resultó evidente y a todas luces palpable era que aquella taquilla no era cómoda para nadie. Ni para el público; que tenía y debería hacer cola siempre en la calle a merced de las inclemencias del tiempo, ni para el taquillero; que se las tenía que ingeniar para atender la demanda con enorme paciencia y una titánica fuerza de voluntad. A los pocos días, justo lo que se tardó en hacerla, el Teatro contó con una nueva taquilla; ahora ya, dentro del vestíbulo, a la derecha de la entrada.

Cuando el señor Domingo abrió el postigo de la vieja taquilla, el griterío aumentó considerablemente. Fue una invasión acústica.

La ventana, un hueco de 30 por 50 y un fondo o profundidad de un metro -el grosor del muro-, trasladaba al interior del habitáculo los ruidos de la calle. Nosotros oíamos y escuchábamos perfectamente al cliente, al que iba a sacar la entrada, pero el cliente a nosotros no; el gentío de su entorno no le permitía escuchar absolutamente nada de lo que le decía el taquillero.

-Dime, ¿qué deseas?
-¿QUEEEEE?
-¿De dónde las quieres?
-DOS ENTRADAS
-¿De butaca, entresuelo o gradería?
-DOS ENTRADAS PARA AHORA
-¿De butaca, te las doy de butaca?
-¿CUÁNTO ES?
-¿De butaca, entresuelo o gradería?
-¿QUEEEEE?
-¿QUÉ SI DE BUTACAAA, entresuelo o gradería?
-SÍ, SÍ, CLARO, DE BUTACA. Dos, dos.

-Buenas ¿los niños pagan?
-¡Claro! No ven igual la película.
-EEEEH?
-Son entradas numeradas y si el niño ocupa una entrada pues tiene que pagarla.
-DEME DOS Y UNA PARA EL NIÑO ¿CUÁNTO ÉS?
-¿De butaca, entresuelo o gradería?
-EEEEH... No te oigo bien. Dame dos y una gratis para el niño.

-Buenas tardes ¿quedan buenos sitios?
-Sí, hay. ¿De dónde las quiere, de butaca, entresuelo o gradería?
-¿DE QUÉ FILA DICES?

Después de los primeros momentos, la profesionalidad de Domingo Loro adquirida por los muchos años que llevaba ejerciendo de taquillero taurino, se hizo notar y, poco a poco, fue ordenando aquella tensa situación. Dejó a un lado las preguntas y se limitó simplemente a atender y comunicarse con el “leguaje de las manos” con gestos. Y, para el importe, señalaba en la tabla lo que deberían pagar por sus localidades. 

-¡PuM-paM-PUUUUUUMMM!

Otra vez la puerta. Ahora era el señor Paco Bonifacio; entró velozmente y bajando dos de las seis escalinatas, lo justo para ver lo que allí había, preguntó exaltado:

-¿Y Tomás, y Tomás? ¿Dónde está Tomás?

Al señor Melitón y a mí, el trompazo nos había vuelto a poner firmes, no nos dio tiempo a pronunciar palabra. El Señor Bonifacio, tras realizar un examen visual y comprobar que allí no estaba mi padre, voló dejándonos con la palabra en la boca y las puertas abiertas de par en par. Eso nos permitió advertir que en el vestíbulo ocurría algo: por la posición visual que nos permitía aquel lugar tan bajo pudimos observar que faldas y pantalones se movían, reculaban y dejaban sitio; además, se oían aplausos ¿...?

Corrí afanoso para ver qué sucedía ¿sería mi padre? Era lo que más deseaba en ese momento y aquellos aplausos me parecían apropiadísimos. Pero no, no era mi padre, era don Olegario que acompañado de un monaguillo y seguido por una comitiva de hombres entrajeaos, se dirigían pomposamente por el pasillo que le abría la multitud hacia la entrada del patio de butacas. De pronto, entre ellos, advertí una silueta que me agradó enormemente: mi madre ¡qué bien! Salté y salí de aquel hoyo corriendo hacía ella. ¡Por fin, alguien agradable! pensaba yo.

-¡Pero tú...! ¿dónde andas? ¿Dónde has estado metido todo el día? – me gritó mi madre enfadada, muy enfadada.
-Uuuuuuuh- rumié. Aquello no era divertido, la situación no era agradable, más bien hostil. Abandoné la comitiva, me quede quieto, ellos fueron los que se alejaron y decidí observar lo que harían desde mi lugar preferido, desde lo alto de la grada, en el entresuelo. 

Ya no quedaban tantos operarios trabajando, sólo los carpinteros. Casi todos los albañiles que trabajaban para mi padre se marcharon a sus casas para prepararse y poder desempeñar seguidamente sus cometidos en el cine: serían ellos mismos los que ocuparían los puestos propios de porteros, acomodadores, etc. Por otro lado, cosas por terminar ya quedaban muy pocas: algunas tapas traseras de butacas y no mucho más.

La comitiva marchó enfilada por el pasillo, por el centro de las butacas. Sólo cuando don Olegario se paró, porque ya no había más pasillo y porque además había llegado al final del local, sólo entonces se ramificaron los invitados que le acompañaban por entre las filas de los asientos.

A la derecha, en el rellano que separa la primera fila del escenario, se posicionó el sacerdote, mi madre y el señor Bonifacio.

SILENCIO
Algo que nadie dijo pero que se interpretó y ejecutó de forma inminente desde el instante en que don Olegario, poniendo cara de cura y muy serio, se dio la vuelta, orientándose hacía el público, levantó la vista y los miró.

SILENCIO
Los operarios del entresuelo que me acompañaban dejaron también de dar golpes. Abandonaron sus herramientas y se levantaron velozmente.

Algo va a ocurrir, pensaba yo.

SILENCIO
Don Olegario, con los brazos pegados al cuerpo y reposando, sobre su proverbial barriga, las manos con sus dedos entrelazados, esperaba.

SILENCIO
Don Olegario no decía nada, persistía o deseaba más silencio; como si ambicionara callar también la algarabía del vestíbulo.

SILENCIO
Los de butacas tosían bajito, como siempre se hace en estos casos. Los del entresuelo permanecían firmes, con los brazos cruzados en la espalda y espelucaos;  se habían descubierto, quitándose las gorras que casi todos llevaban y sus cabellos quedaron revueltos y despeinados.

SILENCIO
Don Olegario carraspeó y, después de unos minutos eternos, cuando consideró que allí ya no se lograría más silencio, comenzó su acto haciendo la señal de la cruz y diciendo al mismo tiempo:
-Estamos en la presencia del Señor, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
-Amén – contestaron todos.
-Que nuestro Señor Jesucristo, nos conceda por su Espíritu, la Gracia de compartir junto a Él la bendición de este Teatro.
-Amén.
-Queridos hermanos, dirijamos nuestra oración a Cristo, que quiso nacer de la Virgen María y habitó entre nosotros, para que se digne entrar en este Teatro y bendecirlo con su presencia. Cristo, el Señor, está aquí, en medio de ustedes, fomente su caridad fraterna, participe en sus alegrías y los consuele en las tristezas. Y ustedes, guiados por las enseñanzas y ejemplos de Cristo, procuren, ante todo, que este Teatro que hoy bendecimos sea lugar de...

Después de la oración, realizada con su peculiar estilo, se dispuso a realizar la bendición. Sus palabras, interpretadas bajo la cómplice ayuda de la excepcional acústica del teatro, sonaron muy solemnes portentosas:
-Bendice Señor este local, Teatro Cine Luis Rivera y a los que aquí trabajan, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Aquel instante, aquellas palabras dichas mientras rociaba armoniosamente el escenario y las butacas con agua bendita, me impresionó.  Continuó después con oraciones que él mismo interpretó melodiosamente y finalizó hablando del Teatro, de su historia y del esfuerzo que había realizado la nueva y joven empresa para poderlo abrir: mi padre, mi madre y, por su puesto, Paco y su querido amigo Manolo; subrayando la fatídica situación de éste último y pidiéndole a Dios por una rápida recuperación. Un aplauso, un caluroso aplauso, remató las palabras de don Olegario. Yo estaba emocionado, como otros muchos. A continuación, el señor Bonifacio, se dirigió a todos los presentes: dio las gracias en nombre de la empresa y los invitó a tomar un aperitivo en las dependencias del Casino, arriba, en el Salón de Bailes.



 No había comido prácticamente nada en todo el día. Aquella invitación, que obviamente no iba dirigida a mí, me sonó a gloria. Ya antes, durante la bendición, observé que abajo en el Patio de Butacas se encontraba Diego Bonifacio. Diego era el hijo mayor del Señor Paco y además un gran amigo mío. Por lo tanto, en vista de que mi madre estaba enfadada y me podría aguar la fiesta mandándome a casa, me escabullí como pude y juntándome a él y a su padre nos dirigimos hacía aquella interesante y muy apetecible manduca.

Entrar en el Salón del Casino, enmoquetado oscuro de tonalidades rojizas, me pareció volver a mi primera experiencia en el Teatro; sólo que aquello no estaba tan deteriorado, claro. Algo rancio, eso sí, y de una seriedad imponente: enormes espejos, grandes y altísimas ventanas, muchas escaleras, lámparas fabulosas... todo muy antiguo.

En el Casino estaban preparadas varias mesas largas repletas de aperitivos y bebidas. Nosotros nos inclinamos hacía los refrescos «Canada Dry», muy populares por entonces; el jamón y, sobre todo, las patatas fritas y las aceitunas rellenas fueron nuestro principal objetivo. El servicio estaba atendido por El Clavo: el Café Bar Restaurante que dirigían Víctor y Antonio, sus dos propietarios; que instalaron y atendieron como siempre, con buen gusto y cordialidad, aquel agasajo que la nueva empresa ofrecía a sus invitados y que, curiosamente y como únicos representantes de la misma sólo estábamos nosotros dos. El padre de Diego, una vez que acompañó a los invitados al Casino, salió pitando; el cuadro organizativo en el cine debería ser todo un espectáculo de malabares: no había proyeccionista, las butacas no estaban acabadas, el taquillero se desgañitaba en el sótano, los porteros y los acomodadores se habían marchado y, dando caña al asunto, un público impacientísimo que lo tupía todo colaborando notablemente a potenciar el nerviosismo general.

Cuando consideramos que ya teníamos suficiente, que ya no nos apetecían más patatas ni aceitunas ni tampoco beber más Canada Dry, volvimos al cine. Curiosamente me sorprendió que el bullicio del vestíbulo había desaparecido, esperaba encontrarlo tal cual lo dejé, pero no fue así, ya habían entrado. El cine estaba abarrotado, completamente lleno. Me dirigí a la grada, a mi sitio, que, evidentemente y para sorpresa mía había desaparecido, me lo habían quitado.

-Este es mi sitio- dije yo apuntando con un dedo a uno de los chicos que allí estaban sentados. No me hicieron el menor caso, seguían a lo suyo: nerviosos, jugando a darse empujones.
-Este es mi sitio, lo tenía cogido
-Pues no haberte marchado- dijo uno con tono irónico.
-He tenido que salir, pero ya lo tenía cogido.
-¡Sí hombre! Haber quedado una señal, algo.
Entonces, fue como una iluminación –la bombillita que se te enciende encima de la cabeza-, acordándome de Roque y apuntando enérgicamente al tablero que había manchado les dije:
-¡Mirad mis huellas! ¡Aquí tenéis la señal!
Los más próximos miraron aquel mapa y después de meditarlo con asombro durante unos segundos, sin mediar palabra, se fueron apretujando más aún y me dejaron mi sitio, apretado pero en mi sitio ¡hombre!

Seguía aún inquieto, con los nervios a flor de piel, por aquella defensa justa de mi territorialidad cuando se apagaron las luces. Todo se quedó a oscuras. El público irrumpió en un estruendoso aplauso al mismo tiempo que gritaban:

-¡BIEEEEEEEEEEEEEEEEENNN!
De pronto, se ilumina la pantalla y aparece Raphael
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHH! 

Hay que situarse en 1969 para entender y comprender mejor el alcance y el efecto que tuvo en el público aquella impresionante imagen de Raphael.

Rafael Martos, un joven cantante nacido en Linares (Jaén), llegaba de representar a España ( por segunda vez) en el Festival de Eurovisión; se estaba convirtiendo en un ídolo mundial. Las únicas imágenes que de él se tenían eran las que proporcionaban la prensa, revistas y los escasos aparatos de televisión que entonces había y además en blanco y negro.

Ver a Raphael en la pantalla, en color, en Cinemascope (pantalla grande, la película de realizó originalmente en formato 70 m/m) fue para las chicas un efecto que les impresionó y, por consiguiente, muy difícil de contener; además inesperado, porque lo que se esperaba era la película anunciada. El pase del trailer, el avance de la película, «Al ponerse el Sol» (1967) anunciada para el próximo domingo fue una gran sorpresa, el mejor regalo que podría ofrecerse en ese momento a la joven clientela. Las chicas, emocionadísimas todas y conocedoras de la letra, tarareaban el tema «Hablemos del Amor» que supuestamente cantaba Raphael, porque allí a Raphael no se le oía nada. Con el jubileo, los gritos de emoción y el canturreo general e improvisado de la eurovisiva canción, era imposible oír nada.






Gritos, gritos y más gritos. Impresionante. El inicio del cine aquella tarde fue verdaderamente impresionante, inolvidable; aunque lo malo vendría después.

Cuando terminó el trailer nos dimos cuenta que se había proyectado sin sonido. Por alguna razón técnica la proyección fue sin sonido, aunque nadie se percató. El proyector, al finalizar el trailer y continuar con las primeras imágenes de la película en absoluto silencio, se paró. Una parada que en principio el publico agradeció, nadie protesto. Aquel descanso accidental fue gratificante. Todos los que estábamos allí, los que se desgañitaron por la sorpresa y monumental aparición de Raphael en la gran pantalla y los que circunstancialmente nos vimos aplastados por el delirio de sus fans, podríamos así recuperarnos y salir juntos del éxtasis.

Se reanudó la proyección... ¡sin sonido!

-¡EEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEHHHHH!
El respetable cambió las entusiastas AAA del delirio por las EEE de la protesta.

Unas protestas lógicas puesto que aquello era una calamidad de proyección. Las aventuras y batallas en la pantalla del obstinado Petruchio tratando de domar a la temperamental Katharina se veían interrumpidas  infinidad de veces por cortes. ¿Qué pasaba? ¿Quién estaba en la máquina? Yo no me atrevía a moverme por miedo a perder mi sitio y aguanté la curiosidad hasta el final de la película. ¡Qué desastre! En ocasiones, cuando más pataleaba la gente, me acordaba de Roque... ¡Anda que le estarían poniendo todo bueno, con tanto pataleo!

El operador, un buen hombre, tuvo que sobrellevar aquella experiencia malamente, la verdad, era: Luis Hernández Bueno, el operador del Cine Centro de San Vicente de Alcántara que, sin conocer el nuevo equipo, se prestó amablemente a solucionar el contratiempo presentado aquel día por la desafortunada ausencia de nuestro proyeccionista, Manuel Carpintero. El segundo pase se realizó con toda normalidad y, los que volvimos a verla disfrutamos enormemente de la primera película: «La Mujer Indomable» (1967)

Mi padre, que se había ausentado y no estuvo presente en ninguno de los actos celebrados aquella tarde por tratar de solucionar la sustitución temporal del proyeccionista, ya estaba allí ¡por fin! y mi madre también, muy contenta. Todos estaban muy alegres y satisfechos cuando se cerro el cine, al finalizar las dos funciones. El pobre de mi abuelo Juan tuvo que ser el que protagonizara la anécdota del día, esa que hizo reír a todos, descargando con ello la tensión de las últimas horas. Fue espectador en las dos funciones que se dieron de la película y como en su vida había visto poco cine, dijo, interviniendo en los comentarios que unos y otros hacían sobre la película del estreno:
-Está bien, pero hay que ver lo mucho que se parecen las dos películas.
Aquello nos hizo reír a carcajadas.

El año 1969 se recordará siempre en España como el año en que el general Franco nombró al Príncipe Juan Carlos su sucesor; en el mundo como el año en que, entre otras cosas, el hombre pisó por primera vez la luna; pero para mí, 1969 será siempre el año en que se inauguró El Cine.