jueves, 20 de noviembre de 2025

El día que Franco murió

 

EL AMOR DEL CAPITÁN BRANDO

 

Si 1974 quedó como el año de las novatadas, 1975 sería el año del cambio: un año de vértigo. La historia lo recordará siempre como el año en que murió el General Franco y todo lo que esto supuso para España y los españoles. Pero, en el cine, en el Luis Rivera, independientemente de los acontecimientos nacionales, este año marco el inicio de la Edad de Oro de la empresa Ber-Mag. Fueron tantos los cambios que se acometieron que recordados hoy aún me siguen sorprendiendo.

Se remozó el local. Se bajó el techo; se colgó un falso techo de porexpán y se empapelaron, a la moda de la época, todas las paredes. Se tapizaron las butacas, nueva iluminación… nada se olvidó, el local quedó totalmente renovado. El 18 de Julio (Fiesta Nacional entonces) el local presentaba su nueva imagen y el público, como no podía ser menos, lo recibió entusiasmado.  Para la ocasión se anunció la nueva película del gran cómico mexicano Mario Moreno «Cantinflas», «Conserje para todo» de Miguel M. Delgado (1973)

Por primera vez en la programación de la feria se introduce una variante “no consentida”: la sesión a las 12 de la noche. La idea surgió en la feria de Badajoz. Mi abuelo Feliciano, gran aficionado a los toros, todos los años invitaba a sus hijos (mi padre y mi tío Chano) a ver una corrida de la feria de San Juan, este año también me incluyó. Se daba la circunstancia que el Circo Ruso actuaba en Badajoz y, entre las diferentes sesiones del día, había una a las 12 de la noche. Fue a la sesión que asistimos y aquello estaba de bote en bote. Le sugerí a mi padre la posibilidad de hacer nosotros lo mismo, en el cine, en feria: poner sesiones a las 12 de la noche… mi padre no quiso. La idea le pareció descabellada. El cine no es lo mismo que el circo. El circo, pensaba él, es muchísimo más atractivo para la feria y, además, en feria la gente por la noche se va a los bailes, jamás se metería en plena feria en un cine para ver películas. En feria la gente quiere divertirse. Para ir al cine ya tienen todo el año. Yo, indudablemente, no pensaba lo mismo. Para mí el cine era lo mejor del mundo; por ello, cuando llegó la feria, anuncié sin más las sesiones de las 12 de la noche para los días 24, 25 y 26. No se lo dije, no me hubiese dejado. La sesión de las 12 de la noche resultó a la postre la mejor de todas. El público la recibió con enorme alegría y nos felicitó por la iniciativa. Para muchos, dejar los pequeños ya en la cama y poder ir tranquilamente al cine, fue la solución que necesitaban.

El éxito de la sesión de las 12 de la noche convenció a muchos y, razonando ligeramente, llegué a la conclusión que si se podían dar más sesiones, también se podían poner más películas. Por lo tanto, rota la manía de programar tres estrenos importantes en la feria y en tres sesiones, a partir del año siguiente la cosa fue en aumento y pasamos de proyectar entre los días 21 y 30 de agosto (incluyendo infantiles) de 8 a 15 títulos y el número de sesiones de 26 a 55 en el mismo periodo comparativo (1975 y 1987).

Otra de las cosas que cambiaron este año fue el diseño publicitario. El popular «programa de mano» con la imagen de la película en color que editaban las distribuidoras y acompañaban sus estrenos en los cines desde la década de los 40, fue paulatinamente desapareciendo, dejaron de hacerlo. En el Luis Rivera ese año apareció por primera vez un libreto publicitario que, como recordaran, presentaba una imagen de la fachada del edificio en la portada. El primer programa se editó para el estreno de la inmortal obra de Roman Polanski realizada en 1974 «Chinatown», el domingo 12 de octubre y, desde entonces, acompañó todos los estrenos importantes que llegaban a nuestra cartelera y, claro está, la programación de la feria.

También en 1975 estrenamos el cartel más impactante: el mural. No eran como los de Madrid pero el efecto venía siendo el mismo: espectacular.  Coincidiendo dos días festivos, el domingo 7 y el lunes 8 de diciembre, Festividad de la Inmaculada Concepción, Patrona de España, se programaron dos estrenos muy divertidos: la última película de Alfredo Landa «Cuando el cuerno suena…» de Luis María Delgado (1974) y la americana «¡Que diablos pasa aquí!» de Peter Yates (1974). Con afiches y rollos de papel de empapelar, diseñé un mural enorme que fijamos en uno de los muros laterales del edificio. Fue el primero y, ciertamente, no el único.

En el panorama cinematográfico nacional también se realizaron cambios importantes, muy importantes: El NO-DO deja de ser obligatorio.


El NO-DO, (Noticiarios y Documentales), se creó por acuerdo de la Vicesecretaría de Educación Popular del 29 de septiembre 1942 y por resolución, de la misma, del 17 de diciembre del mismo año, (B.O.E. 22-12-42), como un servicio de difusión de noticiarios y reportajes, filmados en España y en el extranjero. Se le atribuyó la exclusiva de la producción de noticiarios, y se decretó la obligatoriedad de su exhibición en todos los cines; su proyección comenzó el primer lunes de 1943, y así se mantuvo durante los treinta y dos años siguientes, en todo el Territorio Nacional, Posesiones y Colonias; en septiembre de 1975, por O.M, la proyección del NO-DO deja de ser obligatoria.


No obstante, continuó la imposición de pasar antes de la película cualquier otro documental y, como lo más barato era el NO-DO, así convertido desde entonces en Revista Cinematográfica Española (edición única y en color), continuamos hasta 1981 que, definitivamente desapareció y sus archivos pasaron a manos de la Filmoteca Española. Las cámaras del NO-DO también estuvieron en Valencia de Alcántara, al menos en dos ocasiones: en 1957 con motivo de la entrega del Primer Premio de Periodista Infantil, en el concurso nacional de «El Día de la Información», al niño Nicolás Batalla y, en 1968, con motivo de la celebración de «El Día de la Provincia» por haber obtenido Valencia de Alcántara el Primer Premio en el concurso «Embellecimiento de los pueblos de la Región» que, dentro de la campaña «Mantenga limpia España», inició el gobierno tres años antes. El NO-DO producía varias ediciones de noticias (A-B-C); el Luis Rivera ofrecía la Edición B, la Edición A le correspondía al Real Cinema.

Que el NO-DO fue vehículo de propaganda del régimen franquista nadie lo duda; no olvidemos que los motivos que llevaron a crearlo fueron los de educar, formar e informar, cinematográficamente y en exclusiva. El régimen se sirvió del NO-DO, durante años, para presentar una visión peculiar de España y del resto del mundo, con escasas posibilidades de contraste por parte de los espectadores; la prensa y la radio estaban censuradas y controladas.  Pero, también es cierto que durante muchos años el NO-DO fue el único medio de poder ver las imágenes de sucesos y acontecimientos importantes. Después, con la llegada de la televisión, perdió su hegemonía y, en 1975, cuando ya nos disponíamos a cambiar la tele vieja en b/n por la de color, no tenía ningún sentido seguir presenciando en los cines noticias que ya habíamos visto detalladamente en televisión cuatro o cinco meses antes.

«Tiburón» de Steven Spielberg (1975), se convirtió en la primera cinta en exhibirse de manera simultánea a lo largo de Estados Unidos, destacándose por su campaña publicitaria, tema que aún resultaba inédito en la industria. El estreno en España, seis meses después, en las navidades, también fue inédito: utilizó por primera vez la televisión como medio publicitario. Y, en el Luis Rivera, sería la primera película importante que llegaba a nuestra pantalla en el menor espacio de tiempo desde su estreno en Madrid: un año; el 26 de diciembre de 1976 con 1.192 espectadores. Y, ya puestos, la más cara: 10.000pesetas (60,10€); hasta la fecha ninguna película había pasado de las 7.000pesetas (42,07€).

En general el precio medio de alquiler por entonces oscilaba entre las 750ptas. (6,01€) y las 2.500ptas. (12,02€). Después, los títulos considerados más comerciales o cabecera de lote, 5.000ptas. (30,05€). En 1975 el precio de la entrada estaba fijada en 30ptas (0,18€)

Los periodos de espera, tanto con el NO-DO como con las películas, estaban motivados por la escasez de copias y las copias dependían del coste de los negativos. Por ello, la película se estrenaba con un número determinado de copias que, tras ser comercializada en las salas de estreno, iban pasando de cine en cine siguiendo una escala de categorías basada en los habitantes de la población. 

Pero quizás, lo más significativo de 1975 fue la censura, más permisiva que la de épocas anteriores y un verdadero lío de padre y muy señor mío; el bochornoso espectáculo que estábamos dando los españoles, desde el estreno internacional de «El último tango en París» de Bernardo Bertolucci (1972), viajando algunos a desfogarse a los países vecinos en busca de picardías, no era para menos. Aquí, en Valencia, también se contagiaron del acontecimiento y, en el momento que “el tango” llegó a la vecina Portalegre (Portugal), comenzó el desfile y, por hacerlo a la moda, se terminó por contratar un autobús. En teatro, la actriz María José Goyanes, también tuvo lo suyo: al representar la obra «Equus» de Peter Shaffer, con desnudo integral por parte de los dos actores principales, pasó el visto bueno de cinco censores que la consideraron adecuada; al día siguiente, los cinco fueron despedidos y se obligó a los protagonistas a llevar ropa interior, permitiendo únicamente a Goyanes mostrar el pecho. La música otro tanto de lo mismo: aprovechando la “apertura” el hit parade nacional se abarrotó de temas y canciones insólitas: temas de contenido erótico llegados desde Italia (Il Guardiano Del Faro, I Santo California); baladas de alcoba (Manolo Otero); rumbas insinuantes (El Payo Juan Manuel y su «Lairo lairo») que después, otros más avispados, aprovecharon para hacer versiones humorísticas de las canciones “escándalo” (Andrés Pajares, Hermanos Calatrava) y, al tratarse de versiones “cómicas”, podían más fácilmente enmarañar  a los censores que, como en el caso del tema de Manolo Otero «Todo el tiempo del mundo», permitió a Pajares jadear un esfuerzo que, en el contexto de la canción, se identificaba claramente como un acto sexual y resultaba ser el pedaleo de una bicicleta. Tratándose de humor, la censura se comportaba con más tolerancia. En la música Pop, recuerdo el escándalo que se armó ese mismo año con el tema «Lucia» del grupo Doctor Pop (enamorado de una prostituta) que, se comentó, si lo habían retirado de las tiendas para volverlo a editar. En fin, los censores, más liados que la pata de un romano, no sabían muy bien lo que tenían o debían permitir; no se puede estar en un constante “sí pero no”.

El cine, claro, no se iba a quedar al margen. Desde aquel primer pecho que se dejó entrever en una película española «La Celestina», de César F. Ardavín, (1969), no se había vuelto a intentar nada parecido. Jaime de Armiñan descorrió la cortina y realizó un primer intento en la película «El amor del Capitán Brando» (1974); presentándonos, para el disfrute general y durante 1 segundo, los pechos de una guapísima Ana Belén.


Sinopsis:
Una joven maestra, Aurora, llega a un pueblo castellano con una serie de métodos modernos, que chocan con el conservadurismo local. Sólo se ponen de parte de Aurora un alumno, platónicamente enamorado de ella, y un hombre de edad, antiguo exiliado que ha vuelto al país. Entre el niño y el viejo se entabla entonces una peculiar rivalidad sentimental. El conflicto que mantiene la maestra con las fuerzas vivas del lugar, con su alcalde a la cabeza, estallará definitivamente cuando, durante una excursión, la maestra se vea obligada a compartir habitación con su alumno por una noche.
 


La película obtuvo un gran éxito en su momento y, en el Luis Rivera, se estrenó el domingo 14 de abril de 1975. Resultó todo un acontecimiento; las milimetradas escenas de desnudos, que no sumaban en todo el metraje más de 5 ó 6 segundos, sobreexcitó al respetable que acudió en masa a ver la película. «El Amor del Capitán Brando» fue una de las películas más vista en 1975 (excluyendo la programación extraordinaria de feria), con 709 espectadores; sólo superada por «Tormento» (1.003 espectadores) de Pedro Olea (1974), adaptación cinematográfica de la novela de Galdós. Mentiría si dijese que la escenita de aquel primer “destape” de los pechos de Ana Belén ante el espejo del baño, no la vimos nosotros; ¡todo el personal la disfrutó y en todas las sesiones!; hasta Domingo que, estando “retenido” en la taquilla, aprovechaba sutilmente cada sesión para cerrar la taquilla e ir “al servicio”, pasando por las ventanitas de las puertas abatibles del patio de butacas, justo cuando Ana Belén meditaba ante el espejo. Pero, lo anecdótico, estuvo protagonizado por un espectador (omito el nombre, que es un buen amigo, nos hemos reído mucho con ello y no quiero avergonzarlo ahora, después de tanto tiempo) que asistió a todas las sesiones con el pretexto de: ¡Qué película más bien hecha!

Cuando mi padre se enteró que Franco había muerto, lo primero que hizo fue llamarme para que suspendiera la película anunciada para ese día y retirara todos los demás carteles que divulgaban la programación para los próximos. -¡Que no quedara ningún cartel en la calle!- eran sus ordenes. El cine se suspendía indefinidamente. Además, cerró a cal y canto la Cafetería Maber; después del incidente de Carrero Blanco, al tener que venir los guardias a desalojar el cine, no estaba dispuesto a que le volvieran otra vez a llamarle la atención ¡faltaría más! Si con Carrero Blanco estuvimos varios días de luto, ahora, supongo que pensaría él, la cosa al ser más gorda iría a más.

El 20 de noviembre era jueves y el programa anunciado correspondía a la repetición de la película «El Sobre verde» de Rafael Gil (1971) que ya se había exhibido el día anterior. Además, no era un estreno, era una reposición; la película se había puesto en el Luis Rivera unos años antes, el 18 de noviembre de 1973 y con gran éxito. Tony Leblanc borda el personaje, hace un papel doble padre-hijo, muy divertido. Fue una reposición esperada; tanto por el público, que no la habían olvidado y muchos volvieron a verla, como por nosotros. Contiene gran cantidad de chistes y un sin fin de escenas y situaciones muy divertidas.

Juan Ramón Bollero, barman de la Cafetería Maber, escuchaba atentamente los comentarios y las bromas que cada uno de nosotros recordábamos alegremente de la película que habíamos vuelto a ver ayer de Tony Leblanc; sentado en un taburete, con las piernas cruzadas y dando cumplida cuenta, con grandes caladas, a un cigarrillo «Piper» mentolado y un café con leche que él mismo se había preparado, a su gusto, en vaso de caña.

En el grupo estaba también un nuevo personaje, Javier Rosado Compadre, que desde hacía varios meses había entrado a formar parte de la plantilla del Luis Rivera. Javier o «Barri» como nosotros le llamábamos (era hijo adoptivo de «Barrichi», el que fuera en tiempos portero del Cine Liceo y después del Real Cinema), tenía un don especial para escenificar las escenas de la película; además que disfrutaba contándolas y nos hacía disfrutar a nosotros por tener la risa floja y el relato que nos contaba lo teníamos que oír entre risas y carcajadas.


«El sobre verde» está basada en la revista musical homónima de la que son autores Enrique Paradas y Joaquín Jiménez y la música del maestro Jacinto Guerrero; estrenada en los “felices” años 20, con elementos tan tradicionales como el chotis y otros bailables de moda como el tango o el charleston. La película de Rafael Gil, en la que no falta tampoco la música y las canciones, comienza durante una función en el Teatro Apolo de Madrid (la revista se estrenó en el Teatro Apolo de Madrid el 14 de marzo de 1927), cuando una de las actrices del espectáculo, que interpreta a la Diosa Fortuna, da a luz en mitad del escenario. Desde ese momento, todos creen que el niño (Tony Leblanc) tendrá mucha suerte en la vida. Sin embargo, al pasar el tiempo sólo ha conseguido llegar a tramoyista y su vida no parece ir por buen camino. 


Una de las escenas más divertidas es cuando Tony Leblanc tiene que sustituir en el escenario a su primo Lucas, el fakir «Kas-Lu», gafe perdido (que interpreta el genial Goyo Lebrero), por tener que ausentarse a Logroño para cobrar un premio que les ha correspondido a los dos en la lotería. Tony conoce todos sus trucos de magia pero, sus nervios ante la presencia de la primera vedette (Esperanza Roy), no le dejan realizar correctamente los números de “Magia Oriental” y, cuando todos esperan ver ilusionismo, lo que presencian es un disparatado espectáculo de humor ya que, al pobre Tony,  todo le sale mal.


-¡Agua de la India- Tony levanta una jarra para que salga mucha agua, supuestamente más de la que cabría en el recipiente, pero no sale nada

-¡Hay sequía!

Vuelve a levantar la jarra, pensando que no hay agua y cuando la tiene justo encima de su cabeza, el agua cae a cantaros y le pone perdido.

-¡Agua de la MADRE de la India!

Busca en los bolsillos del traje oriental un pañuelo para secarse y, tras encontrarlo, tira del mismo y no paran de salir pañuelos uno tras otro.

-¡Pañuelo de la India!, ¡Muchos pañuelos de la India!, ¡Casi todos los pañuelos de la India!, ¡Toda la India, todos los pañuelos!

Al final de los pañuelos sale una inesperada paloma y Tony, con gran júbilo, la muestra al público diciendo:

-¡Paloma de la India… ¡voilá, voilá!

 

Todo esto, recordando la película, contado con tanto desparpajo por Barri, nos partía de risas. Juan Ramón se moría de envidia por ser el único allí que no la había visto y, con lo de la suspensión indefinida, la película habría que devolverla y no volvería a ponerse.

-¡Por qué no me la pones! Andaaa –exclamo Juan Ramón dando una profunda calada al enésimo “Piper” mentolado que se había encendido.

-¡La películaaaa….! –conteste yo sorprendido.

-¡Sí, vamos a verla ahora! Total está todo cerrado y no hay nada que hacer.

Hay que conocer a Juan Ramón. A pesado no hay quién le gane. De todas formas, la idea me pareció buenísima y, después de tanta risa lo qué más apetecía era verla de nuevo. Así que, más contentos que unas pascuas, nos fuimos al cine para ver la película en “sesión privada”, sólo para nosotros.

Recuerdo que nos sentamos sobre la mitad del patio de butacas y estábamos tan estimulados que nada más empezar y con los títulos de crédito nos estábamos riendo. Y, Juan Ramón, con el tema de “El Gordo de Navidad” se partía de risa.


¡Soy el gordo!

¡Soy el grande!

Soy el que todos prefieren.

Y los hombres, me persiguen y me gustan las mujeres.

Cuando llega Nochebuena corre tras de mí la gente

Pero yo puedo escurrirme de sus manos fácilmente

Y muy afanosos corren tras de mi

Cuando me persiguen me dicen así:

¡Ahí va! ¡Ahí va!  El gordo de navidad

¿Quién lo cojera? ¿Quién lo pescará?

El que lo atrape feliz será, más sabe Dios dónde caerá.

 

Cuando llegó la escena del número de magia, la del “agua de la India”, que tanto habíamos comentado, no había forma de contener las carcajadas. Estábamos disfrutando de lo lindo.


-Respetable público: esta no es una gallina corriente, no; es la celebre gallina de los huevos de oro.

Tony mete la gallina en una caja para hacerla desaparecer, pero la gallina no desaparece.

-Ustedes se figuraban que la gallina había desaparecido… pues no, la gallina sigue aquí. Nunca sale a la primera pero sale a la segunda.

Tony, después de realizar las preceptivas palabras mágicas, vuelve a destapar la tapa de la caja y reaparece la gallina.

-¡Se ha cabreao la gallina! ¡Ay! –se daña al cerrar la tapa y termina golpeando la caja desesperadamente.

 

Juan Ramón y yo nos partíamos de risa hundidos en la butaca. Fue en ese instante cuando llegó Barri, que era el que estaba en la máquina, se acercó también riéndose y me dijo:

-Ahí fuera hay dos guardias municipales que preguntan por ti.

-¡JAJAJAJAJAAAAA!

 

Por la mañana, cuando cerrábamos todo, bromeamos sobre el susto que nos dieron los municipales cuando vinieron a desalojar, a cerrar el cine, el día que asesinaron al presidente Carrero y Mané se fue sin el dinero de la entrada; por eso, cuando llegó Barri y dijo lo que dijo, nos pareció muy oportuno y, con la juerga que ya teníamos y la predisposición a reírnos, nos brotaron las carcajadas; sobre todo a Barri que, al tener la risa floja, hasta botó en el suelo.

En la pantalla, Tony Leblanc, seguía a lo suyo con la gallina:


Después de realizar a duras penas el número de ilusionismo, hacer desaparecer la gallina y en su lugar aparecer una fortuna, la gallina terminó deambulando asustada por el escenario.

 -Ven pita, pita. Ven, pita….

Tony trata inútilmente de atraparla yendo tras ella.

-Pita, ven, pita, pita.

Tony tropieza con la jarra del “agua de la India” y queda encharcado, mira a la gallina y le dice:

-¡Ven, hija de PITA!


-¡JAJAJAJAJAAAAA!

Juan Ramón no podía más, y yo le acompañaba… pero Barri no se inmutó; por el rabillo del ojo observé que no se había ido y permanecía allí como si esperara algo.


-Para el siguiente experimento voy a solicitar la colaboración de un amable espectador. Quiero demostrar que no es cierta la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos, gracias a las propiedades de este cofre mágico. Haga el favor de colocarme estas esposas, comprobando que estén bien cerradas. Yo me meteré en el cofre, usted lo cerrará y luego tendrá la bondad de colocar ese biombo delante del cofre. Sólo necesitaré ¡tres segundos! para evadirme del cofre. ¡alehop!

-¡Uno, dos, tres!

-¡Cuente otros tres!

 

-¡Jajajajajaaaaa!

Esta vez sólo se rio Juan Ramón. El hecho de que Barri estuviera allí, tan quietecito, me empezó a poner nervioso. Después, con el siguiente gags y sin inmutarse, me puso aún más.

No podía imaginarme que lo que me había dicho sobre los municipales fuese verdad. Me hundí más en la butaca, como queriendo desaparecer y sin atreverme a mirar hacía la puerta.

Ya no veía la película, ni la oía ni la sentía. Sólo notaba los golpetazos que arreaba el cuerpo de Juan Ramón retorciéndose de risa en su butaca.

Pero… ¿Será verdad lo de los municipales? –pensaba hundido en la butaca, escondido a más no poder.

Me parecía increíble que los municipales me hubiesen descubierto.

Me parecía increíble que estuvieran allí, tras de mí.

¿Pero que querrían? Si ya habíamos quitado las carteleras, y no solo las de hoy, se han quitado todas… aquí ya no hay cine.

¿No hay cine…? ¡Ay Dios mío! ¡Pero si nos estamos partiendo de risa con una película y el Caudillo de cuerpo presente!

-¡JAJAJAJAJAAAAA! –Juan Ramón no paraba; absorto en la pantalla, descompuesto por las risas.  

No pude más, el corazón quería salirse de mi pecho y el estómago, junto al resto del aparato digestivo, terminaron de un plumazo todas sus funciones y crearon en mi cuerpo tal descomposición que, de no haber hecho nada de inmediato, hubiese tenido consecuencias verdaderamente desagradables. Pegué un brinco y miré hacia la puerta: ¡Increíble! Allí estaba la pareja de guardias municipales… y con la gorra puesta. ¡huy-huy-huy-huy-huy!

Me levanté de la butaca y andando lentamente con los brazos colgando de mis hombros, hecho un verdadero poema, me fui acercando a ellos.

Los municipales no me esperaron, salieron tras la puerta; ni tan siquiera estaban curioseando la película que hacía reír a Juan Ramón a mandíbula batiente -¡JAJAJAJAJAAAAA! Los municipales, indudablemente, no estaban para juergas. -Ay (suspiré).

Salí. Los municipales me esperaban, serios, tras las puertas abatibles del patio de butacas, en el pasillo.

No dije nada.

-¡Acompáñanos! Exclamó uno de ellos y, sin más palabras, marchamos hacia la puerta de la calle.

-¡Jajajajajaaaaa! – A lo lejos, Juan Ramón a lo suyo.

–¡Ay!-  Detenido, me llevan detenido -pensé yo muy angustiado.

En la calle me coloqué, supongo que por haberlo visto tantas y tantas veces en las películas, entre los dos guardias; como un verdadero detenido.

Barri, al salir y ver que me iba, me preguntó sobre la película; si la seguía poniendo o esperaba por mí. No dije nada, volví la vista al frente y cabizbajo continué andando. No quería saber nada de películas ni de las pitas gallinas.

Mi mente no dejaba de lamentarse por lo que habíamos hecho: ¡mira que poner la película!, con el Caudillo muerto.

Seguía malamente y sin mediar palabra los pasos de los municipales y, cada dos por tres, me veía obligado a dar un saltito para llevar su ritmo.

Pensé, claro, en preguntarles… que ¿a dónde íbamos?; pero no me pareció oportuno porque la cosa era evidente. Además, es mejor no empeorar la situación preguntando sandeces.

Pensaba en mi padre…con lo determinante que fue nada más conocer la muerte de Franco: ¡Nada de cine! ¡LUTO TOTAL!

 

Llegamos al Ayuntamiento, entramos por la puerta principal, subimos las escalinatas y continuamos unos metros por un pasillo muy estrecho dónde todo el mundo nos abría paso sin decir nada.

¡Pum-pun!

-¿Da usted su permiso?

La puerta a la que el guardia llamó se abrió bruscamente y, una vez que el guardia entró, la puerta se cerró con la misma brusquedad que se había abierto. El otro guardia se quedó fuera vigilándome.

Tenía la boca tan seca que sentía que el paladar se me iba a rajar.

Segundos después, la puerta volvió a abrirse y salió el guardia que la cerró suavemente. Se volvió hacia mí y me dijo:

-Espera que ahora te llamarán.

Dicho esto, los dos guardias municipales continuaron por el pasillo hasta que desaparecieron.

Lo primero que pensé fue en fugarme…, pero sólo fue un segundo. Era una tontería, a dónde iba a ir; seguro que me encontrarían y no haría más que seguir empeorando la cosa. Me senté a esperar.

Allí sentado, muy nervioso, observaba el ir y venir de funcionarios que entraban y salían de puerta en puerta, de un lado a otro y sólo se paraban cuando llegaba alguien y se veían obligados a ceder el paso por la estrechez del pasillo. Casi todos los que venían entraban directamente y sin llamar en aquella misteriosa habitación; yo no podía entrar, a mí me llamarían.

Otras personas llegaban, también nerviosas, y cuando se disponían a llamar a la puerta aparecía de inmediato un funcionario que se lo impedía, diciéndoles: ¡Ocupado!, ¡ocupado!, está ocupado.

Trataba de averiguar el porqué unos entraban sin más y otros no. Por qué sabían los funcionarios los que podían entrar y los que no. Evidentemente lo mío era una excepción, yo era totalmente diferente: ni entraba ni salía.

Al final, después de un buen rato esperando, deduje que los funcionarios clasificaban a las personas que podían entrar o no, por un simple gesto: el que se disponía a llamar a la puerta no lo dejaban y, los que no llamaban, entraban sin más.

Con los nervios más calmados, sólo sobresaltado cada vez que entraba alguien y daba un portazo, hasta yo mismo terminé haciendo de portero. Cada vez que alguien trataba de entrar llamando a la puerta, le decía: ¡Ocupado!, ¡ocupado!, está ocupado.  Y, sin más, se marchaba.

 

-¡Pasa! –se abrió la puerta y un señor, que sería de los que ya estaban dentro antes de llegar yo porque no lo había visto entrar, me abrió paso.

-¡Ay! Madre mía –me volvieron los nervios, las angustias, las preocupaciones… Entré decidido, con el ritmo que la invitación del señor me había marcado.

Era el despacho del alcalde, don Francisco Galavís Gordillo, y allí se encontraban un buen número de personas, supongo que concejales, autoridades y don Manuel Parra, (el censor del cine).  No dije nada, seguía con mi prudencia. Todos me miraron y en absoluto silencio, el alcalde se dirigió a mí y me dijo:

-Prepara inmediatamente los altavoces para instalarlos en el coche de los municipales y trae aquí enseguida un magnetófono con el micrófono para grabar el bando…-

Increíble: ¡Me habían llamado porque me necesitaban! Bueno, pasé en segundos de estar completamente abatido a sentirme importante. Yo diría que ese día pegué hasta un estironcillo, crecí un poco más. Me hubiese apetecido saltar de contento pero, dadas las circunstancias, procuré contenerme y plácidamente escuche con suma atención las instrucciones que aún faltaban.

 

Corrí al cine en busca de mi pequeño magnetófono a cassett y su pequeño micrófono negro con rejilla plateada. Al pasar por la tienda de electrodomésticos allí estaba mi padre, que no se había enterado de mi “detención” ni de nada, le dije lo que me habían mandado y me facilitó un nuevo magnetófono, por si el mío que estaba ya bastante cascado fallase. Cargado con dos equipos de grabación, varias cintas de cassettes, cables, micrófonos y más contento que un perro con dos colas, partí hacia el ayuntamiento.

Bastante extenuado, con la lengua por fuera, llegué al despacho del alcalde. La puerta estaba cerrada y me quedé en blanco; cargado con todo el equipo no sabía muy bien qué hacer: dudaba entre si yo era de los que llamaban o de los que entraban sin más. De inmediato un funcionario se percato de mi presencia y me vio allí, cargado como un burro, inmóvil y con mis narices pegadas a la puerta, se acercó y llamó cuidadosamente.

¡Pum-pun!

-¿Da usted su permiso?.... El chico de…

-¡Qué pase, qué pase!

Una vez dentro me pongo a descargar todos los trastos y cuando les hice la observación de grabar simultáneamente con dos equipos, para asegurarme que nada fallase y no tener que andar repitiendo la grabación (era frecuente en los cassettes de entonces, ante cualquier cambio de tensión o motivo inesperado, se “enrollara la cinta” y desbaratara lo que se estaba haciendo), don Manuel exclamó con asombrosa seguridad:

-¡No es necesario!

 

A don Manuel lo conocía entonces por haber sido en el Instituto mi profesor de Política y Educación Física; me llamaba mucho la atención (cuando se fumaba en las clases) su cuidadoso estilo de abrir y mantener intacto el paquete de tabaco; fumaba cigarrillos de la marca «Habanos», que se dispensaban en una cajetilla acartonada y la abría tan delicadamente que el celofán se mantenía intacto y en general el paquete perfecto hasta el último cigarrillo. Don Manuel fue primero Oficial Instructor del Frente de Juventudes y después Delegado de la Juventud, perteneciente a la OJE (Organización Juvenil Española), dónde desempeñó acertadamente su cometido y en la memoria de todos están las muchas actividades que puso en marcha para los jóvenes y, de igual forma, la Cabalgata de Reyes. Para la Cabalgata (años después del 75) me solía llamar para la megafonía; para disponer él de un micrófono con el cual pudiese recibir y saludar a Sus Majestades cuando llegaran a la Plaza.  La primera vez que me llamó, instalé el equipo con tiempo suficiente, lo probé y demás y todo quedó listo para cuando llegase el momento. Horas más tarde, la Plaza se fue llenado de gente y don Manuel, cuando le pareció oportuno, se subió al estrado dónde estaba instalado el micrófono. El equipo lo tenía apagado y creí conveniente encenderlo entonces y, como siempre se suele hacer, hay que probarlo: “¡uno dos, uno dos, probando, probando…” Pero, estando ya el estrado completamente iluminado, con don Manuel allí subido tan peripuesto y con tanta gente esperando, pues que no me atreví; tampoco creí oportuno que lo de: “¡uno dos, uno dos, probando, probando…” lo fuese a decir don Manuel, por lo tanto, desde el suelo, todo lo más que me podía acercar a él, le dije bajito:

-Don Manuel, dele unos golpecitos al micrófono, a ver si suena…

Don Manuel me miró seriamente (aunque él siempre solía estar serio), tragó con fuerza, con su peculiar forma de tragar saliva y volvió la vista al frente sin hacer ni decir nada. De haber dicho algo, cosa que no hizo al dar por hecho que el micrófono estaría abierto, sería lo de: ¡No es necesario!. Supongo que, a don Manuel, el lema de la OJE: «Vale quien sirve» lo tenía siempre muy presente. Lo cierto es que, cada año, en los minutos previos a la locución de don Manuel para recibir a Sus Majestades (nunca más le dije lo de probar nada) me subía la adrenalina que daba gusto: él allí quieto, sin decir nada, sólo abría la boca para dirigirse a los reyes y cuando lo hacía quería que funcionara y funcionara bien. Nunca le fallé, así que no puedo contar lo que hubiese hecho o dicho en caso contrario. Siempre confió en mí para todas estas cosas, no quería a nadie más. En los años siguientes a la muerte de Franco, con los nuevos gobiernos, siguió vinculado al Ministerio de Cultura y desarrolló su labor en Valencia de Alcántara como siempre, fomentando y realizando infinidad de actividades para la juventud en el Teatro-Cine Luis Rivera. Los dos sentíamos admiración y respeto por cuanto hacíamos y nuestra amistad jamás se desvaneció. Su impresionante estilo de locución, con toda la pompa que el evento requería,  hacía apasionante el momento mágico de la llegada de Sus Majestades a la Plaza. Los niños, entusiasmados, recibían a los Reyes locos de contentos.

Por ello, por esa innata forma de locución, la grabación que realizó don Manuel aquella mañana, aquel 20 de noviembre de 1975, resultó tan emotiva que muchas personas, al paso del vehículo municipal con la megafonía, terminaban soltando lágrimas. El discurso, además de informar sobre los actos religiosos que las autoridades habían programado, ensalzaba la figura desaparecida e iba, paso a paso y con toda pompa, enumerando los cuantiosos cargos y honores que se le atribuían al, hasta entonces, Jefe del Estado. Los viandantes, al paso del vehículo, asentían con la cabeza cuantas cosas sobre la figura del Caudillo decía don Manuel. Otras, con recelo y cautela, entraban en sus casas y entrecerraban las puertas. La quietud, y el silencio de los vecinos, impresionaba; acostumbrado a recorrer las calles con la algarabía publicitaria de las películas, donde cada cual responde como mejor le parece, lo de aquel día fue una experiencia intensa. 

 

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